martes, 8 de abril de 2014

Piedra amarilla

Había algo en tus ojos, y ni recuerdo su color. Las sombras del alcohol perfilaban la realidad. El círculo de gente que no acababa de entender el idioma en el que hablábamos - porque en las canciones que se conocen hay un alfabeto escondido debajo de cada estrofa. Pero tus manos se movían por los trastes saltando entre notas que yo podía reconocer. La letra fluía, volaba. Tampoco importaba demasiado. Tu lugar, mi lugar, y la noche. Y a mi lado, plegados como las alas del arcángel, dos hermanos que flotaban entre las volutas del humo de tabaco. 

Había algo, en las venas. La convulsión del ritmo, y yo escupiendo notas agudas a las hojas del árbol en el techo. Cuando las piedras del portón azteca ruedan se presiente la plenitud del engranaje. Me hacías falta. Podía oírte, de tus ojos a mis ojos. Escucha: somos el ojo del huracán, todos están fuera y esto no va a acabar nunca. Dejemos a los mortales contentarse con las bajas pasiones. Estamos volando sobre el cráneo y sobre el barro. 

Besar el color de tu voz antes de saber tu nombre. Marcharme de allí, sin necesitar saber tu nombre.