miércoles, 21 de enero de 2015

Mo(nu)mento

Y entonces rompieron a andar.

Sus pies rozaban el asfalto, la piedra y el gramón crecido; sorteaban los charcos profundos mientras el cielo asomaba la frente en el reflejo. Tomaron los pasos y se armaron de silencio. Un silencio blando, compartido con la indudable lealtad del que se coloca a tu lado en la marcha. Poco antes se encontraban acomodados en el lugar seguro, sin expectativas ni desazón alguna que pudiera arrebatar la delicadeza de su acto. Y pronto, como una corneta inaudible, decidieron al unísono zanjar el asunto, y caminar. Uno a uno abandonaron el lugar y tomaron el camino, alineados como el firmamento imaginado por los ancestros del hombre. Su danza tenía sentido por ser conquista, se adentraban con calma en ese mundo húmedo que la lluvia había limpiado de personas. Sonaban en sus oídos las canciones, sostenían sobre sus hombros las líneas que dirigían al punto de fuga. A su alrededor, las nuevas estructuras de una generación. 

Poética del anuncio de perfume. Pero poética.

Caminaron durante horas sin preguntarse nada, amparados en el lazo que los unía. A menudo los inseguros se atormentan: ¿cómo ser inmortal? Ellos lo hicieron. Es más fácil: uno toma el momento, y lo hace vertical como un monumento. Existe, prevalece a la corriente pedregosa del río - aunque nadie lo recuerde. En una época en la que ya nadie cruza los desiertos o las anchas llanuras de la Pampa, o atraviesa los mares con bastones de madera en pos de una promesa de mejor vida; en esta época de quietud y asfixia, tomaron el aire y caminaron siguiendo un curso circular.

En un instante, pararon. Y volvieron. Cruzaron los puentes y las empinadas cuestas con el mismo empuje, se atomizaron por sus caminos propios para volver a casa - aún acompañados los unos por los otros, con la presencia casi física de aquello que es real sin que haya de ser argumentado. Nadie preguntó nunca nada. 

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