miércoles, 21 de enero de 2015

Pedro

A veces lo miro y parece de verdad que la nuestra es una raza compleja. Concretamente hermanos, no por las cosas que hemos visto - que también -, sino porque para nosotros las raíces del mundo tienen la misma textura. 

Quizás él haría ondear banderas diferentes a las mías en las astas de nuestro país, pero eso no nos aleja. Casi nunca. Mellan las diferencias los días fútiles en los que uno olvida que lo único importante es seguir respirando y ser amado al final del día. Ser considerado, ser añorado por quien no podría seguir sin ti. Cuando esto se olvida y la banalidad se hace con las horas, podríamos repudiarnos.

Pero luego vuelvo a mirar y veo las simetrías. ¿Dónde queda el eje que traza la fuga? Recogemos de la realidad - que nos envuelve como psicodélicos vientos elíseos, entrando en el pecho y saliendo sin hacerse responsable de nosotros - trozos, sobras, pequeños emblemas de momentos que colgaremos más tarde de los hilos del techo en nuestras guaridas. 

Este miedo a que pase el tiempo y nos devore. Encallar, encontrar el trozo de balsa en el que flotar antes de ahogarnos como Jack. Nadie recuerda que las rosas no saben nadar.

Y mientras, 
ve-re-mos-lo-que-na-die-ve.
Querremos
lo-que-na-die-quie-re.

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