martes, 24 de febrero de 2015

Que sepa quien pueda saber.

¿A quién voy a confesarle que las ideas que decoran tu nombre aún me retuercen las entrañas? ¿A quién voy a contarle que en tu nombre descansan dos imágenes capitales como olvidadas para estos que nos rodean?

Febe, la luna, la eterna hermana que danza con su poderoso frater el sol. Que hace que vengan las olas a romper los cristales de la orilla. A chocar entintadas contra lo obscuro de mi aorta.

Ana, la madre de la madre, la que cuidó el amor de María cuando aún era pura de martirio y sacrificio. Cuando nadie había puesto los ojos en ella.

Llevas en el nombre la marca de las mujeres que sólo fueron vistas por los cautos. En silencio. Bullen en tus oídos los ruidos de la guerra, tu batalla enjuiciada contra el silencio que debió elegirte de motu proprio. ¿Qué otra explicación podría haber? Te llaman puta y te dejan a un lado para que te devore la justicia poética del feligrés puritano. Ni elijen a dios ni elijen al hombre.

¿A quién le voy a decir que te abro los brazos para cuando yo te haga falta?
A mi ego orejudo, bizarro monstruo sin pelo que es el único que me acompaña por las noches, y que habrá de lanzar el primer puñado de tierra sobre mi ataúd de cerezo.

¿Quién va a venir a leer las notas de una gris que te necesita más de lo que necesita tu amor?

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