jueves, 1 de enero de 2015

Traspasa




Definamos ese lugar primero por todo aquello que no es, y quizás así sea más fácil.

No es una cueva pero tiene un arco de afiladas rocas dentadas por entrada. Es húmedo pero no lascivo, no es claro y no deja pasar la luz. No tiene a bien de ser cálido, aunque tampoco hiela los huesos que dentro de sí se encuentran porque ya vienen helados de fuera. No es un lugar de muerte, pero no han de vivir los cuerpos que allí meditan. Aunque es profundo como un estanque, no es el final del camino. Se pega y fluye, impregna el interior de las cáscaras no como el tártaro, no como el pozo de las almas, sino como una cinta transportadora accionada por el peso del fardo. 

No es negra, es azul. Hasta en los musgos y en los corales, uno puede ver el acuoso azul que bordea los salientes; peregrino muerto del cielo, sombra pálida que acaricia a los asustados restos de rojo y verde.

Al atardecer, una flema de luz celeste cimbrea frente a la puerta, que no es una puerta pero sí lo sería si el lugar tuviera forma, dirección y localidad. No lo es, no la tiene, y la puerta podría ser un muro alargado en su perímetro que tocara el suelo en vez del aire, o quizás una orilla estrecha que alzara la mirada al cielo con los carrillos a rebosar de agua. Agua azul. No es marino ni es fluvial, pero alberga agua. Y al atardecer la luz resbala, cristaliza y genera una pátina de claridad. No lugar, no forma, pero sí curso temporal. La criatura, que vive en la noche pero no la prefiere, que venera la luz pero no la consiente, alza los pies ingrávidos y salva las distancias de la no forma dejándose llevar en la cinta transportadora. El lugar no tiene borde, puerta, cumbre o altura, pero la criatura la alcanza, alinea la espina y deja que la luz le acaricie los párpados. La luz acaricia, pero la criatura no se abandona, y su párpado medio abierto le permite la guardia. No hay objetos en el lugar, ni vacío ni ruido que se genere, pero la luz calma el zumbido de la criatura y la criatura lo aprecia.

Un segundo y la criatura está de vuelta. No hay molestia en el zumbido, no hay adherencia al silencio. La criatura se sumerge en el no fondo del lugar sin forma, y las horas vuelven a transcurrir.

No forma, no lugar, no color, no material. Pero horas, siempre las horas. Y la luz que las traspasa.