martes, 29 de noviembre de 2016

Un lugar deshabitado

Me preguntaba, al mirarla, de dónde provenía exactamente el poder que tenía sobre mí. Había un principio del camino en algún punto de mi propio centro, el nacimiento de un río que luego arrastraría piedras y pequeños mamíferos a su paso según yo lo permitiera.

En esta búsqueda me encontraba cuando me descubrí queriendo salir corriendo, abandonar la asfixiante habitación invadida por su presencia y salir a buscar un trozo cúbico de aire que me envolviera y que expulsara la idea de ella de cualquier rincón, de todos los lugares. ¿Qué hubiera ganado con algo así? Entendí que su victoria residía en que ella era perfectamente capaz de abandonar aquella habitación sin mirar atrás, sin considerar siquiera en qué lugar me dejaría a mí eso. Sin mirar, sin mirarme, siempre. Ella tenía en la mano la libertad y yo en el corazón su ausencia. Su ausencia constante de los lugares incluso cuando los habitaba de su evasión ininterrumpida, y es que su mente ni estaba ni podría estar nunca conmigo. 

Y yo, perdiendo una batalla que no quería luchar, huyendo por los pasillos de mi cuerpo, acompañándola con cada idea como el tambor dorado de un enorme piano automático que compone una canción tosca para un público ausente. 


Nadie contará nuestra historia. 



Y marché sin pensar en ella, y a la vuelta su asiento vacío y los restos de nuestra historia esparcidos sobre el cuaderno.

martes, 1 de noviembre de 2016

1 de noviembre de 2016

Está esquinada la vida contra una oscura pared. Mañana será de día, y la sangre habrá cesado el descenso por la cara interna del muslo. La vida está esquinada contra oscuras paredes, y hay cosas que no entendemos.

El amor ha de ser revolucionario, siempre.

jueves, 20 de octubre de 2016

20-de-octubre-de-2016

Las ciudades. Allí habitaban todos esos hombres y mujeres. Aún si buscara, si quisiera encontrarlos, no tendría más que ir allí. No es un camino fácil, pero la recompensa sería valedora del sudor, y de la sangre. 

Un conglomerado de pequeñas luces apretadas contra el filo de la noche oscura: en ríos, y costas, a imagen y semajanza de los mundos que sólo son cognoscibles en la altura del halcón, de la cigüeña con su candor doméstico. Viviendo sin saber que viven, caminan y respiran los hombres y las mujeres que conoció - tantos que no hay papel para escribir sus nombres, ni pluma que se enfrente al reto. A veces los que se reconocen de la superficie cohabitan, se sinceran para desprenderse de sus más cultivadas anomalías, y quizás vuelven a verse una o dos veces antes de seguir con la nueva vida que allí han construido: pasan eones antes de que sea posible encontrarse en las ciudades del alma.

Y allí, quizás, vives sin pena ni gloria, vestida de democrática equidistanacia, aún con las ropas y los olores que te conoció. Quizás paseas en los parques, quizás conversas en los rellanos y ríes, quizás, como lo solías hacer.

Cuánto amor, en las ciudades del alma. Las habita, como la neblina de la madrugada, pero sólo visible bajo el cristal cifrado. Un nacimiento y toda la gloria y el desencanto. Y este día, este año, todos los años.

En la ciudad que te ha tocado, donde te ve sin mirarte, y quizás ríes, como solías hacer.

domingo, 9 de octubre de 2016

A poet who walked upon the moon

He hecho los caminos. He leído las palabras, y no me he visto en ellas.
Construí todo esto, lo di todo. Lo puse en las manos.

Yo clamaba por un rato, y el rato cumplió. Dije que sería suficiente. No esperaba amar. Lo amo todo, pero no esperaba amarlo todo en ti. No amo todo en ti.

Intento teorizar, intento recomponer los sentidos, intento entenderlo. Lo entiendo, bien. Entiendo lo que hicimos. No creo que seamos lo mejor para el futuro de la otra. Y sin embargo, este vacío. Este vacío.


























Este vacío.
Te añoro.
A veces.
Otras
veces
no

nada.

martes, 13 de septiembre de 2016

Septiembre, de muerte y renacimiento.

¿Quién salta, quién llora, quién ríe?
¿Quién describe una pirueta y cae tras el arbusto?

Es la vida que se abre paso. La vida. Siempre. Es dotar de corazón al suelo, a la pared y al oxígeno que respiramos, y respetarlos. Nadie se ha parado tanto a cuestionar la existencia como nosotros, la raza humana - y tampoco toda la raza, si acaso los más estrictos volutariosos soñadores. Las cosas han de salir bien, para el hermano en la distancia, para el alma recosida, para la revolución permanente de nuestros ojos. Apenas ha acabado de mudar otra piel y ya se ve volando de nuevo, mi pobre corazón, en todas direcciones. Cambia de país, cambia de estación y de objetivo, y se mantiene en el vilo de los días. Cambian las mujeres y los hombres, las promesas de encuentros en verano y en invierno, la ausencia del dolor o la prematura falta de aquello que aún no se ha tenido. En las horas. Siempre las horas. Podemos buscar la razón: mientras la existencia nos encontrará.

Aquí debiera ir un poema que ya vendrá.




domingo, 4 de septiembre de 2016

04 de septiembre de 2016

 
Yo solía saber qué hacer.

Ove Hermida-Carro



Te echo de menos. La echo de menos. Te elegí a ti 
y lo seguiría haciendo.
Sólo una palabra tuya.

lunes, 29 de agosto de 2016

The pretty one

¿Y si el verbo cayera, y se elevaran las formas?
Queden solo los recuerdos, archivados en un fondo centralizado: tus ojos me harán inmortal.

¿Y si quisiera morir?

No-Lugar de Jose Carvajal en 500px.com
Jose Carvajal





Dos días mirándote. Queda este poso de ingenuidad en el frío marmol, mi techo de cristal. Me pregunto si lo perderé algún día. Dos días mirándote, lejos de aquí - rodeada de nuevos amigos, de compañeros de lucha, de guerreros sin patria terrena que te abrazan comos si la redención se encontrara en sus pechos. Como si lo supieran.

Me pregunto si el alma humana es irreductible. Me pregunto si es resumible en un instante, en esta emoción estática de mirar y ser mirado, y nada más. De encontrar a alguien que brilla en plena multitud. Un segundo basta para acallar las horas de dolor, por un segundo. Pero hay otro dolor, tanto llanto en la estructura, tanta lucha por ser luchada. Prefiero tu amistad a tu amor. Prefiero tu revolución a tu amor. Abajo el miedo, la soledad, el camino perdido en plena oscuridad mientras las bridas sueltas del egoísmo escuecen al golpear con la piel. Abajo las viejas historias de la construcción del mundo, las columnas del imperio y las maneras agotadas. ¿Quién quedará cuando todo haya acabado? ¿Cuánto dinero intentarán llevarse bajo tierra?

Sé la cara del nuevo tiempo. Arrójame el aire al pulmón.
Regálame la revolución.


domingo, 14 de agosto de 2016

14 de agosto de 2016

Eras feliz. 

Lo pienso, y eras feliz. De alguna forma yo sabía que no podía ser yo la que mantuviera tanta felicidad, tanto tiempo. Eras tan feliz, te sentías tan segura. Intento evitar pensar que no eras feliz conmigo sino con algo que habitaba dentro tuyo hecho a partir de trozos de mí. Temo al fantasma con mi rostro que o bien te enamoró o bien te hirió sin que yo pudiera decidir nada. Me dicen que hay cosas que pasan sin más, que no hay explicación para ciertos sucesos. Pero intento recordar los hechos y no las palabras: éramos felices. Es bello que nos diéramos la oportunidad de hacernos tanto bien. 

Ojalá un día decidas perdonarme, hablarme y dejarme enseñarte
unas fotos tuyas que tenía olvidadas por aquí
y los últimos poemas que te compuse.

viernes, 12 de agosto de 2016

12 de agosto. 12 de agosto. 12 de agosto.

- Escribo esto aún con los sentidos encarnados y el corazón compungido, pues me mueve sólo la voluntad de relatar la verdad. - Esto decía, al empezar la página. Seguía. - Quiero que sepas que esta noche he soñado intensamente, y llegado a un recodo del curso del sueño he sido plenamente consciente de que onírica era la naturaleza de mis emociones - y así con todo, he decidido seguir soñando. Ahora te relataré por qué.

Comenzó la tarde en una casa habitada por seres que no eran. Estaba allí mi padre, que jamás ha estado en esa casa en concreto, pues la habitaba su hermano antes de marcharse. Yo quería salir a hacer unas compras, y él me encargaba otras tantas; yo bufaba por el peso a cargar y él eludía mis bufas. Iba. Y en el camino al supermercado alguien me asaltaba en una esquina: dos jóvenes me agarraban e intentaban quedarse con todo lo que yo tenía. En un primer momento he salido corriendo: creía que corría con todas mis posesiones intactas. Pero antes de darme cuenta ha caído la noche, me encuentro en no sé qué lugar, no recuerdo las últimas cuatro horas y me faltan cosas en la mochila. Me falta un abrigo que recién había comprado, y algunos papeles que encuentro recorriendo a tientas el camino que había hecho después del fatídico encuentro. Allí estaba todo, como esperándome, agazapado del viento en las esquinas. Miro el teléfono y hay llamadas perdidas de Peri, pero no las recuerdo. No recuerdo nada.

Acudo a una casa que no conozco despierta pero sí parecía ser familiar en sueños, y hay allí personas de confianza. Recuerdo rostros doblados, trozos de caras, más las emociones que me inspiraban que los rasgos que poseen bajo la luz del día. Les cuento los sucesos, me oyen e intentan calmarme. De repente suena no sé qué música, y entre las canciones resuena el nombre de tu pueblo. Tengo miedo, pero también una indecente necesidad de saber qué va a ocurrir, porque sé que hay alguien dirigiendo esta escena: sé que es ella. Emilia viene a buscar mi felicidad una vez más. 

Entonces comienza el espectáculo. Aparecen en esa habitación pequeña y completamente extraña poco a poco todas las personas que he amado. Toca primero el turno de compañeros escolares del principio, del lapso intermedio y también del final. Vi con cierta claridad los ojos de Laura y rompí a llorar por primera  vez. Cada uno trae obsequios que me son adelantados a su entrada, para que con emoción pueda ver los objetos y adivinar quién va a entrar después. Aparecen amigos que hace mucho dejé atrás, otros amados y añorados u otros cuya reciente y paulatina pérdida me acosa. En un golpe de efecto y cuando creo que mi pecho no puede resistir más los envites del llanto, aparece una cabalgata de los hombres y mujeres que me han dado clase. También compañeros con los que no he compartido aulas pero sí política estudiantil, viajes, proyectos e incursiones en el mundo. Podría dar nombres y no significarían nada más que para mí, pues conforman el alfabeto extensísimo de mis recuerdos. Me arrodillo en el suelo, donde alguien ha colocado no sé qué macetas, y comienzo a plantar esquejes mientras cuento una fábula de mis días Faustos. Comienzo a nombrar a cada flor como uno de mis más familiares amigos, y cuento por qué nuestra unión era tan pródiga, y cuando ya los maceteros se encuentran plantados rozo los pétalos con las manos y con el aire que expulsan mis labios y florecen - florecen con alegre fuerza, cayendo un rayo de sol poderoso del techo. Luego, disfrazados para variar el espectáculo de su entrada, aparecen amigos que habitan el lugar donde te conocí. Y no podía ser yo más feliz, y abracé a Esther con toda la derrota que me persigue los días.

Noto todos los ojos clavados en mí, pero no siento vergüenza. Hay algo en la inmensa felicidad del momento que me redime del sentimiento de culpa: lo expulsa a algún lugar donde no tiene sentido. Todo funcionaba, todo marchaba. Creo que incluso sentía que me merecía todo aquello. 

La música cambia, alguien toca el piano, todos cantamos. Espero a Judith, la abrazo. Aparece bailando Elena, y la pureza de mi emoción reluce y se materializa en un contenido grito. Arriesgo más de lo que debería, de lo que despierta me atrevería a mostrar. Y la música calla, el entorno cambia. Estoy delante de una mesa, y todos me miran con expectación. Todos contenidos en aquella sala minúscula ahora que la gente la repleta y rebosa. En la mesa hay hojas plisadas, blancas con tinta traslucida en el interior. Las abro. Son dibujos, dedicatorias, incipientes obras de arte con nombre y apellido de jóvenes niños que no conozco. Rápidamente sé quiénes son, y no están dirigidas a mí - pero de alguna forma sí. Sostengo el aire con la carne nerviosa de mis pulmones y sé lo que se adviene: sé lo que significa aquello, y en un soberano halo de clarividencia entiendo que estoy en un sueño. Podría haberme inducido el despertar en ese mismo instante y ahorrarme un dolor innecesario, pero esta necesidad ciega en el callejón de atrás de mi carácter decide por todos que seguiremos con esto. Y vuelvo, abro más papeles, alguien llega y pone una tarta de cumpleaños encima de los papeles que restan. Veo las manos sin prisa alguna por erguir la cabeza. Veo la cadera y la reconozco en cada detalle. Termino de subir la vista para encontrarme con tu rostro. Lo veo directa y claramente, lo veo firme ante mí como si tuviera los ojos verdaderamente abiertos. Lo veo casi con miedo, y un fulgor incandescente lo enmarca y rodea. Me quedo quieta, buscando en tus ojos una reacción. Tú me ves quieta, se te dibuja la incógnita y la ofensa en la cara, y te alejas lentamente hacia el fondo de la sala. Todos nos miran. Esperas allí. Te miro de nuevo. Aparto la mesa de un gesto y me avalanzo, te abrazo con cada parte de mi cuerpo, enclavo mi pie derecho en tu pierna izquierda y la rodeo entera con la mía. Sollozo, y te pido que no te vayas. Que no te vayas. Que no te vayas.
Que no te vayas. Que no te vayas. Que no te vayas.
Tu hombro, el tacto de la camiseta.

Me separo de ti, y la fiesta continúa. Pero Emilia se queja, ultrajada porque de nada ha servido todo si a la que más añoraba era a ti. La abrazo, le pido perdón por ser así yo y haber provocado así mis sueños. Todos están allí.  Todo es perfecto

Y de golpe, vuelvo.

A mi cama. A la mañana que golpea mis persianas con su fuerza levantina. Decido no molestar a nadie más con mis absurdas emociones, y vuelvo. Al silencio y a la grieta. 




Al despertar me di cuenta de que ella no estaba en el sueño. Esa que te producía los miedos y las malas emociones. Que creías que habitaba más mi corazón que tú. 

Ojalá nos lo hubiéramos explicado todo.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Eres Burdeos.

¿Cómo eludir
las señales naturales?
Esta bocanada de fuego
en mi pecho, en mi alma
cuando rozas mi mundo
con los dedos.
No conozco en este momento
mayor catástrofe para mis letras
y mis ideas que tú.
No voy a esconder esta herida
No voy a acallar el cántico
No voy a retirarte el amor
O sí. Tu silencio, y tus razones
que respeto hasta pensar
que lo mejor es callarme y no rozar
tu cerco de paz
con los dedos
provocan el vaivén del verbo
pero no cortan la fuente
de aguas rojas y miel.
¿Cómo resistir la tentación
de creernos unidas
por algo más?
¿Quién va a desafiar
a dios
al destino
a las Moiras
a esa regla santa que me pusiste
de no pensar demasiado
y querernos sin reserva?
Ahora sé que puedo vivir sin ti
pero no quiero
ni en broma
y ojalá tú tampoco
quieras
sin mí.

martes, 9 de agosto de 2016

Eras Burdeos.

Pese a todo
el dolor, la nueva felicidad
la calma
teniendo el mundo delante
el pasado al alcance
dominado el fonema
aún muy lejos de aquí
en un universo paralelo
alguien que soy yo se ha levantado
te ha llamado y te ha dicho
que me asfixia el vértigo
de empezar esto sin ti:
Todo lo que voy a aprender
y no voy a poder contarte.

domingo, 7 de agosto de 2016

No se observan aves con el corazón roto.

- Joven, observe el saludable plumaje de ese petirrojo. Una pena que eluda nuestros cebos... 

La profesora se gira ante la ausencia de respuesta. Otea el claro, pero sólo al bajar la vista encuentra lo que busca: su ayudante permanece acuclillado junto al trípode de la cámara de observación. Gimotea levemente, girando el rostro para que la profesora no perciba su agitación.

- Pero Charles...

-Lo siento, lo siento profesora. - Charles coloca de nuevo el ojo sobre el visor de la cámara y durante unos segundos aparenta estar concentrado en la tarea que se le ha asignado durante esa observación in situ del hábitat avícola local, pero pronto vuelve a emocionarse y se sorbe ruidosamente la nariz.

- Chico, si hoy se nos acerca algún pájaro será el mayor descubrimiento de mi carrera.

- ¿Por qué cree eso?

- Porque habría de ser el único ejemplar que mostrara signos de humana compasión ante su triste espectáculo. Si viene cargado con un pañuelo ganaremos la próxima Darwin-Wallace.

- Lo siento señora. Debería comportarme. Lo haré, deme un minuto. - Charles se levanta, se recompone y se decide a alejarse para buscar la serenidad sin molestar a la profesora, cuando ella le lanza una mirada cargada de emergencia. - ¡Alto Charles! 

Con cuidado, el muchacho mira hacia donde la otra le señala. Hay una preciosa abubilla joven posada en el filo del largo objetivo de la cámara. Ambos permanecen rígidos, observando con cuidado y ninguna intención de ahuyentar al pajarillo. Charles mira con curiosidad y fascinación la emplumada cabeza del animal, que como prevenido de la inquisidora mirada, le devuelve un gesto neutro y los profundos ojos negros. La profesora, algo más lejos del epicentro del espectáculo, sonríe ante el mudo intercambio de las dos crías animales. El pájaro casi parece asentir, antes de alzar el vuelo y elevarse entre las ramas que cubren el claro. Charles lo ve alejarse, y en silencio, vuelve a su posición. Otros pájaros se han acercado a los cebos de pan e insectos repartidos frente a ellos, por primera vez en la tarde.

Mientras Charles fotografía apasionado, la profesora observa las pequeñas aves. Sonríe. 
"Estos jóvenes y sus corazones neumáticos."

lunes, 1 de agosto de 2016

Camposoto



El rugir de las olas intermedias, abrazando con dulzura los oídos y las espinas nerviosas. Hay algo en la bocanada de sal que puede purificar lo carente de nombre pero conocedor de la herida. Y aquí estamos: siendo hermanos, siendo exactamente lo que toca en el camino hacia el sueño. Cumpliendo los versos - dichos y no dichos - del estaré, vendré, te cuidaré que se regalan aquellos que en verdad se aman.

No me arrepiento de una sola de las palabras que he dicho. Pero lamento la decepción al caer la trama. Lamento no haber visto la falsedad en los ojos y en los gestos. Este momento incorruptible me resarce del mal, del bien, de la duda y la humanidad. 

Una hermandad que sobrevive a los kilómetros, que se crece en los silencios, puede de pleno derecho justificar una vida.




Plaza

Esta casa
que era un hogar
contigo.

El tremendo miedo
a que no te importe
no volverme a ver.

Todo lo bueno
que te deseo
en silencio.

Todas las cosas
que no necesito
y que amo
de ti.

sábado, 30 de julio de 2016

V.W.

Te encontraré.

Detrás del sueño, conduciré la vigilia y veré tu rostro al final del día. Y sea que me encuentre perdida, tú siempre estarás esperando a que sea yo la que elija volver a ti. Me confrontarás con palabras de vida y de muerte, palabras ancianas en pleno estado de vigencia. ¿Cómo puedes hacerme compañía a través de los siglos? De los años, de las fronteras, de la mar. Cuando crea que todo ha acabado aún quedará un libro tuyo por leer.

Me dijiste que lo estaba haciendo bien.
Esta noche tu nombre vivirá en mi piel - sangre mediante.



30 de julio de 2016



Mi amor, tu amor
tan útil y enternecedor
como una lata de Coca-Cola
flotando en el Atlántico.

lunes, 11 de julio de 2016

11 de julio de 2016

Enfermar de amor
o desamor, más bien
en pleno siglo XXI.

Exageración febril.

martes, 21 de junio de 2016

Heavy stones fear no weather



       Y al sonar los tambores y las trompas los mentones se alzan al aire, 
               ofreciendo las quijadas blandas a los dioses. 

Todo está aquí, con las grandes palabras, las metáforas y el amor.  
El negro peso del mundo.










miércoles, 25 de mayo de 2016

Maybe in the end we will cry.

¿Y si al final lo único que soy es una persona triste?

Demasiado tiempo en la realidad y convertiré todo lo que toque en miseria. Quizás está en mi sangre. No sería raro.

Escapad. Ahora.
Aún hay tiempo.

domingo, 22 de mayo de 2016

D.

El viento de Poniente, las causas perdidas. El silencio de la muerte en vida y el silencio de la onmipresencia: el muerto que aún no se sabe muerto. Ni él ni aquellos que lo rodean. Al creerte todos viva, los que sabían entraron en el juego. ¿Dónde acaba la vida, y termina tu historia?

El viejo mira con un dolor sin tapujos hacia no sé qué otra parte 
y confiesa

No ha habido otra muchacha como esa en esta maldita ciudad.

.


 

Quizás es solo esto lo que nos están intentando enseñar. A veces, incluso en la ficción, la gente muere sin más. Y no vuelve. Sólo queda esta inmensa necesidad de respuesta.

domingo, 8 de mayo de 2016

Del jueves y el domingo.

                            Jueves por la mañana. I

                            Te vas
                            y este lugar se queda
                            tan vacío.

                            Jueves por la mañana. II

                            Hace veinte años que te miro
                            y cada vez
                            he visto dentro algo desconocido
                            el terror
                            de no entender
                            los lugares que has llorado.


                            Domingo por la tarde.
                             
                            En la siesta
                            he soñado con una vida.
                            Tú no estabas
                            y al despertar, he temido
                            a esta vida, y a no sé qué verso
                            que quise escribir sobre nosotras.
                            Algo sobre un enjambre de pájaros
                            anidados en el esternón. 
                           



martes, 26 de abril de 2016

Will you be there the day I leave?

- El ataúd es demasiado pequeño. Si no llega a estar muerta os la cargáis del agobio.
- Da igual, si no va a aguantar entero más de veinte minutos ahí dentro.

El horno crematorio producía un zumbido constante que al cabo de unos minutos pasaba al umbral remoto de la consciencia, pero seguía sin duda contribuyendo a hacer aquella situación incómoda, impersonal y casi industrializada. Bueno, obviemos el casi.

- ¿Y a ti qué te ocurre?
- Sabes que no quería que fuera así. Hemos hecho lo más cómodo para nosotros.
- Cariño, no decía en serio de lo de la pira funeraria amazona. Ya sabes como era, no nos hubiera dejado montar una fogata en el patio para llenarlo todo de pinochas y maderitas.
- No podemos saberlo.

De fondo aún se escucha el vídeo que la muerta había preparado para su propio velatorio. Se había grabado durante dos horas maltocando instrumentos y leyendo pasajes deprimentes de diferentes libros para amenizar la ocasión. Una mujer de espectáculo, definitivamente. La prima, que había cogido el toro por los cuernos hasta meterlo de nuevo en el chiquero, seguía caminando aquí y allá por la sala resolviendo los posibles desarreglos y malestares que encontraba a su paso cuando se dio cuenta de que el macabro vídeo seguía sonando. Cruzó hasta la salita para apagarlo de una maldita vez. Y se la encontró allí sentada, mirando sin pestañear el vídeo, tanta la concentración de la que hacía gala. No la había visto en veinte años - los mismos que hacía que la muerta y ella habían dejado de amarse.

- Es momento de acabar con este circo. ¿Te importa?
- No, supongo.
- Cuánto tiempo.
- Me extraña que me recuerdes.
- A mí me extraña que hayas olvidado lo que fuiste. Además, no se me escapa nadie que haya comido en mi casa. - La prima se sienta en la butaca contigua. - ¿Qué estás pensando?
- Que creía que no se moriría nunca.
- Pues con la de veces que lo repetía, aquí y allá, no me explico cómo. Cada día debía ser el último, ¿no era eso?
- Supongo.
- La viuda está dentro. ¿Quieres saludar?
- Nunca nos presentaron. Sería incómodo.
- ¿No vas a dejar de hacer eso ni ahora que por fin está muerta?
- ¿Hacer el qué?
- Lo que es mejor para ti, en vez de lo que ella hubiera querido.
- ¿Qué sabes tú de lo que yo hago o hacía?
- Créeme. Todos lo vimos.
- Las cosas han cambiado.
- Pero tú sigues igual. Con todo lo que arriesgó para ayudarte a ser un poquito más feliz.

Se levanta, el fantasma del amor juvenil, y encara la puerta. - No sabes de lo que hablas. No tienes ni idea de quién soy yo; me estás insultando sin sentido. Me voy: no hago nada aquí.
- Vuelves a hacerlo.
- ¡¿Qué hago?!
- Huir. Has huido siempre, hasta que el punto y final lo pusiera ella. Bueno, ella, tú me entiendes. 
- ¿Y qué propones que haga?
- Siéntate aquí y recuérdala un rato. Es lo que siempre quiso de nosotros. Sabes que era un poco morbosa para ciertos temas.

Se sienta de nuevo. 

- Morbosa es la última palabra que yo usaría. 
- Menos mal que tus palabras y las mías valen lo mismo.
- Más o menos. Estás siendo especialmente considerada coonmigo.
- Lo sé.


- ¿Qué mierda vamos a hacer sin ella? 
- Bueno, podríamos empezar a asumir que ahora hay un nuevo motón de cosas huérfanas que tendremos que aprender a hacer nosotros solos.
- ¿Cuántas crees que serán?
- Pues 
  seguramente 
  demasiadas.

miércoles, 20 de abril de 2016

20 de abril de 2016

 Silencio de radio.
Ahora que llego, siento pánico
a la distancia.

miércoles, 13 de abril de 2016

03:42 AM. Sevilla.

Una mujer llora ante un hombre
en la esquina
de la calle Diamante.
Un taxi conserva el color y la estructura,
pero ha perdido su capirote fluorescente.
¿Puede acaso
seguir siendo taxi?
Oh Burdeos. El camino se ha abierto.
Ah, Virginia. Volvemos a encontrarnos
en esta suerte de hogar
sin forma.
Recuerdo lo mucho que mi jefe menciona
a Valerio Lazarov.

Mientras, los autobuses invocan a los incautos que como troncos muertos a la deriva se acercan a la veredas y orillas, sea que el vehículo los recoja
y con su artificial luz azul
les alquile un espacio vida.

martes, 5 de abril de 2016

Hoy he visto a una señora.

Caminaba por la calle cuando al detenerme en ese semáforo confuso del Parlamento una señora ha llegado hasta mi lado sin subirse a la acera. Empujaba un carrito como de niño de cinco años, y en el asiento en vez de niño había un estuche de colegio y un brick de zumo azul celeste. De las manillas del carro colgaban dos bolsas blancas, habiendo en una dos piezas de pan. En el receptáculo bajo el asiento, una botella de cristal llena de agua. En la mano derecha de la señora - apretado contra el mango gomoso del carro - un bolígrafo negro, como quien en pleno acto de escritura recuerda que tiene una cita en no sé qué lugar y sale corriendo olvidando que aun sostiene el utensilio como si fuera ya parte natural de su propia mano.

La señora de semblante neutro caminaba algo encorvada y tenía la tez morena; portaba apretadas gafas, un pañuelo de algodón violeta cubriéndole la espalda y unas sandalias de cuña que guardaban sus oscuros pies. Y en ningún momento me miró del todo, así iba decidida y ajena hacia la otra orilla de la carretera. Yo la he visto y me he preguntado si vendría acaso de escribir algo. Algún ejercicio o algún texto, el combate frente al silencioso olvido que convierte los bolígrafos inocuos en espadas, y que hace necesarios los suministros así como los elementos para su cómodo transporte - agua, zumo y pan, en un carro para un niño como de cinco años.

Quizás deseé verme así hacia el final de esta aciaga vida: sin mejor cultura que la del oficio, sin mayor honra que el empeño de haber intentado ganar una y otra vez a la muerte iletrada. Centrada, finita y real. Asible, de forma que alguna joven en mitad del mundo me viera plentamente y me salvara a mí en inconsciente pago. 


¿Qué significa existir?
                     Hoy he visto a una señora.


jueves, 31 de marzo de 2016

Teatro Irlandés

- Pretendía sentarse junto a ella y hacerle todas esas preguntas. Qué sucedía si después de todo se aburrían la una de la otra, si al final se advenía el silencio y las causas muertas, si en el fondo de sí misma era tan complicada que necesitaría de complicaciones para sentirse viva.

- ¿Lo hizo?

- No. 

- ¿Por qué?

- Porque todo aquello venía de dentro suya, de un tiempo preconsciente. No quería hacerle las preguntas a ella sino a sí misma. Quería ver por un agujero en la pared el futuro y poder proferir ya el temido "Lo sabía. Te lo dije." Pero la vida no va de eso, maldita sea. Nos perdemos en el lirismo y en la magia, y las cosas son más fáciles. El mundo es suficientemente complejo por sí solo, y el egoísmo vence allá donde pisa cremando los cuerpos, las esperanzas o las buenas intenciones. ¿Qué de malo hay en regalarse la presencia de alguien? Se saturó cuando la intimidad continuada le hizo perder la perspectiva: fue pasto de las dudas porque se olvidó de lo extraordinaria que es ella, lo agradable que hace este mundo.

- Creo que no me estás contando la verdadera razón por la que no hizo todas las preguntas.

- Recordó su rostro y su paz, y toda aquella bondad que se prometió no infectar.

- Creo que en el fondo se siente culpable de ser feliz.

- En el fondo se siente culpable de ser feliz.


Daniel Buxton Núñez


[Verás, tengo un amigo con este problema.]

Kynthos



Este es el momento en el que guardo silencio por tu recuerdo.




¿Qué sentido tiene estar vivo? Las piernas alzan al individuo hacia el sol, contra el suelo. Es el primer resquicio de imbatibilidad. Estabas aquí mucho antes de saber mi nombre, y saltabas de ansia el día que nos conocimos. Vi los ojos dulces de tu madre al mirarte. Los brazos de tu amiga enroscarse sobre tu cuello al verte, presas ambas de una alegría sin limitaciones. Vi tu enfado, tu derrota y tu armisticio. Y hablaba de mi nuevo amor el momento en que caíste al suelo.

Hoy no existes. El día que caíste al suelo alguien te salvó de las convulsiones y yo te tuve contra mi pecho. Te tuve contra mi pecho. Cerré mi cuerpo en torno a ti para que la muerte se alejara, y tú respiraste. Estuvimos hasta que llegó tu madre y te llevó consigo. No nos despedimos. Estabas muy lejos dentro tuyo: no creo que recordaras que yo estuve allí. Esa tarde que caíste al suelo.

Hoy no existes, y me has dejado aquí. No creo que pensaras más de dos veces en mi nombre. Me has abandonado. Te tuve contra mi pecho, contra mi maternidad frustrada, contra la muerte que nos persigue siempre. En el rincón más azaroso del mundo, me has abandonado. 

Pienso en la sonrisa de tu amiga al verte, y en tu nueva ausencia. 
Pienso en la sonrisa de tu amiga al verte
y
en
tu
ausencia.


viernes, 25 de marzo de 2016

Una extremidad germinada

Si tuviera que definirlo de alguna manera, seguramente diría que cuando él llegó se llenaron todos los espacios: no sólo esos que desesperadamente necesitaban volver a ser habitados - por alguien bueno, puestos a desear -, sino también algunos de aquellos a los que jamás había prestado atención.

De repente heredó por lealtad una posición en algunos de los debates más insólitos, campos de la realidad en los que nunca se había tomado la necesidad de pensar por estar demasiado lejos de todo aquello que acontecía en su pequeña y singular vida. Al momento tenía un equipo de balonmano nuevo, había canciones que debía detestar, géneros enteros de la literatura que ahora le parecían más simpáticos por el mero hecho de que para él eran especialmente apasionantes; los lugares que antes no tenían color, nombre o forma ahora brillaban de un modo emocionante: intentaba verlo con los ojos nuevos y se preguntaba cómo era que no había visto todo aquello antes, y notaba cómo su alma se expandía poco a poco como un globo de agua que alcanza el cenit de su hinchazón o como aquél que puede ver sin creerlo que le está germinando una extremidad nueva del torso mismo; y comenzó a sentirse más rico, pero también más concreto, más exacto, más delimitado por las nuevas palabras y conceptos, como quien pudiera ser testigo de la construcción de la historia que los demás contarán a su muerte. Como si pudiera atreverse a ser colmadadamente feliz con ello.


jueves, 24 de marzo de 2016

24 de marzo 2016

El nombre de uno es sin duda alguna
el sonido más dulce
y más doloroso
que puede escucharse
cualquiera el contexto
cualquiera la boca
cualquiera el momento.



Pero dilo tú,
dilo tú.

Laura Estrada Márquez

Descenso

La película ya había empezado. Debía de ser el único cine de la ciudad que aún no había tomado como costumbre poner quince minutos de publicidad antes de comenzar la película programada. A menudo esos minutos salvaban la tarde de los rezagados que se hubieran perdido de camino a los baños o que venían de intercambiar no demasiado elegantes palabras con el de las palomitas. El pelirrojo. Ese. Qué ser tan horriblemente maleducado.

La película había empezado, pero algo no iba bien en la sala. Había murmullos saltando entre las filas, revoloteando entre las hebras recias de los sillones azules manchados y aseados una y otra vez con refresco y agua enjabonada, refresco y agua enjabonada, refresco y agua enjabonada. Mejor ni hablamos de qué otras cosas se derramaban sobre los asientos entre las fases de esta cadena de procesos. 

En mitad de la escalera había una persona tumbada - no muy cómodamente, pues todos sabemos que las escaleras no admiten más de tres disposiciones corporales para su disfrute, y aquella no era una de ellas ni por asomo. Uno de los escalones se clavaba en su cogote, el otro en mitad de su espalda, el otro soportaba el cóncavo espacio de las corvas que sostenían lo que quedaba de su cárnica identidad hasta el final del cuerpo. Hasta el suelo. Parecía atravesar alguna suerte de trance: elevaba las manos intentando sumergirlas en los haces de luz que parcialmente definían las sombras e iluminaciones de la pantalla sin llegar a conseguirlo; alzaba la cabeza y la alejaba de la pantalla e inconscientemente miraba directamente los rostros iluminados de los espectadores esperando encontrar alguna señal de epifanía, de redención, de amor o de profundo disgusto. 

Le pareció tan extraordinario encontrarse a aquel ser humano allí mismo - en un espacio donde los seres humanos tienen comúnmente prohibido permanecer por largo rato - que no encontró fuerzas para romper su atmósfera de satisfacción con sus indecorosos pasos. La observó desde abajo, y poco a poco, comenzó a mirar hacia donde ella miraba con la fascinación contagida de la suya que se apoderó de su cuerpo, y poco a poco comprendió el motu de aquella yaciente mujer: pudo percibir las historias que permanecían inmóviles desperdigados en las plazas a ocupar en la sala, las existencias despojadas de aquellas personas que se reunían a oscuras en secreto convenio para olvidar de alguna manera y ser - epifanía sensorial superior teñida de cotidianidad - otros seres en otras épocas y con otros conflictos que rivalizarían con los suyos. Sus dramáticos entuertos perderían peso gracias al mágico proceso. 

Pero la mujer yacente entorpecía este tribal contrato. Ella allí, con su impúdica fascinación por todos los elementos físicos y no físicos involucrados en el proceso, les recordaba sus feas caras, sus feas preocupaciones, su fea incapacidad para existir plenamente y mostrar orgullo por aquello que consideraban bello, y repulsa por lo que consideraban negable. Tanto es así que ni siquiera mostraban su desacuerdo con la actitud de la muchacha sino quedamente, con falsa cortesía y cauterizada energía. 

La mujer se levantó en mitad de esa muchedumbre ronroneante de descontento. Al bajar las escaleras la vio a ella, le tocó el hombro cuando alcanzó su posición y mirándola a los ojos de alguna manera supo exactamente qué pregunta venía enroscándose en las tensas cuerdas que sujetaban su vida, qué debate traía consigo misma de forma que a menudo provocaba ansiedades y ausencias en sí, y al mirarla y tocarla compartió la pregunta con ella y se la devolvió dotada de vocablo y reverberación: 

¿Qué es el amor?
Y en todo caso, ¿es esto amor?

Y se marchó.

Y los rollos seguían danzando dispuestos a ser iluminados durante la proyección, mientras que en la pantalla hombres y mujeres fotosensibles divagaban sobre cosas que no tenían nada que ver con ella pero que pronto arrastraron como la marea o el cauce renovado de un río sin nombre la pregunta que la mujer había vociferado, y a la mujer, al mundo de ahí fuera y los sonidos o colores externos, para dejarla pura y límpida de nuevo durante dos horas en un estado que acaso es el más cercano a la muerte de uno en favor del todo que pueda experimentarse en esta tierra azarosa. Así fue, sin nada más.

miércoles, 16 de marzo de 2016

16 de marzo 2016


He estado pensando y sé que algún día me arrepentiré de esta idea, pero he empezado a entender que quizás vale la pena. Vales el riesgo y el dolor. Todo lo que me ha traído hasta aquí dejó orgullo y dolorosa cicatriz. Sentí las noches, el pulso caer y el cuerpo morir de alguna forma, pero volví. Llegué. La última herida me la hizo querer controlar el lento girar del mundo.

Si tengo que equivocarme, sea.

Sigo intentando descubrir si todo tiene fecha de expiación. Pero siendo realistas, ni en la más vibrante fantasía pensé que nos encontraría así. Esto claro, ¿qué más dá lo demás? Estoy aterrada de que no sientas el miedo que siento yo. De que esto sea una catedral en mi pecho, y caiga. Todo caiga. Pero también sé que no dejaría que nada la derruya más que tú. No dejaré que nada te (me) ponga en peligro.


 No íbamos a existir.
Toda tu materia es revolución.



lunes, 14 de marzo de 2016



Te has llevado el orden y has dejado la alegría.



Ópalo

Hoy he visto una paloma blanca. Tenía la pata izquierda mal formada, como un apretado amasijo de carne, y el pico abultado; las alas oscuras del roce con el suelo, rosáceas manchas aquí y allá en el blanco plumaje, asustada mirada de indefensión. La he visto mientras yo me acercaba andando, ha echado a volar mirándome desde la esquina de su mísero ojo y he pensado que aquél y no otro era el símbolo definitivo de mi amor, mandado por alguien superior con algún oscuro propósito: voluntad de hacerme reír, o llorar, ante la realidad de las formas.

Hoy he visto una paloma blanca. Tenía la pata izquierda mal formada, yo he pensado en que ella era mi amor, y entonces me ha envuelto el llanto en mitad del camino a casa. 

domingo, 13 de marzo de 2016

28 horas

En mitad de la acera, frente a la puerta de hierro: un banco de piedra. Sobre él, la chica y las horas que han pasado. Los pies de la chica cuelgan sin tocar el suelo balanceándose rítmicamente. A un extremo de la calle, la densa niebla no deja ver nada. Al otro, una hilera de casas de fachada verde bosque, y a lo lejos - superada la pendiente en descenso - el mar.

De la bruma surje ella con paso firme y mirada atenta. Se acerca al banco, al tiempo que la chica nota su presencia. La mira.

- Al final has venido. 
- No sé muy bien por qué, pero sí. 

Dime que por mí. Eso pensó.

- Siéntate, por favor.

Ella se sentó junto a la chica. Observaron durante unos minutos la enorme reja que tenían delante, que las separaba de una superficie boscosa y sombreada. Ella no profirió palabra, la chica recapacitó serenamente lo que iba a hacer, pero sin dejar de disfrutar de ese lugar exacto que tanto tiempo había guardado para sí. Aquel lugar en el banco de piedra delante de la puerta.

- ¿Es lo que esperabas? - dijo la chica.
- Es hermoso. Raro, pero hermoso. 
- He cuidado de que fuera un buen lugar. Único. Cuando lo pises, no estarás pisando una extensión de todos los otros lugares que has pisado. Estaremos aquí, sólo aquí. Estará todo a tu disposición. ¿Puedes verlo? Allí, a la izquierda. Un mirlo negro tamborilea con el pico la corteza. Debe de estar buscando algo. He rescatado cada cosa que encontrarás aquí con mis propias manos. Pero puedes tenerlo todo, supongo. O tan solo pasear. Puedes pasar. No sé por qué tú precisamente, pero estamos aquí, y puedes pasar. 
- ¿No tienes miedo?
- Lo tengo. 
- ¿Y por qué estamos aquí?
- Porque sólo existe hoy.

Ella se levantó, se acercó a la puerta y la empujó para abrirla. Nada se movió. Ella se volvió contrariada hacia la chica. - Pero está cerrada. 
- Otros antes se la dejaron abierta. - Y se levantó, apoyó las palmas de las manos en ambas hojas de la puerta y empujó. Se movieron suavemente, sin chirriar, sin descolgarse. - Vaya, pensaba que nos costaría más.
- De nuevo, ¿por qué yo?
- No lo sé. Lo averiguaremos, supongo. Esto - señaló hacia el inmenso parque que se abría ante ellas, empezando por el camino de guijarros que comenzaba justo debajo de sus pies - está justo aquí, esperando. Los naranjales, los cerezos en flor, los bancos de arena, las aguas sucias y limpias, y el arrozal del norte. Las madrigueras, el bosque, la cabaña y el fuerte de roca. Y todos los retratos, todos los rostros sobre la madera, junto a las librerías. Pero probablemente debería dejar de hablar ya. Hablo siempre demasiado. Seguramente quieras que me calle.
- No está mal hablar. Es un buen comienzo. - Y perdiendo la mirada entre los árboles y la atención entre el murmullo calmo del entorno, tomó de la mano a la chica. Ésta se miró la mano dentro de la de ella durante diez segundos, y al que hizo once y contra todo pronóstico,
nada
había
ardido.
- Es un buen comienzo. 

Había un agapornis blanco de cola azul cielo en la rama sobre sus cabezas. Las miró. Reconocía los nuevos olores, los nuevos sonidos. El lugar había pasado cerrado mucho tiempo. El lugar respiraba de nuevo, colmado de una actividad latente, esperando ansioso el juego, la aventura, posiblemente la lluvia y el viento de levante con su arenoso resquemor. Pero la puerta se había abierto, y era todo lo que tenían ahora. Mejor eso que la oscuridad. Aunque no lo entendieran del todo bien. El lugar respiraba, y le encantaban esas viejas frases que otros habían dicho tiempo atrás y que aún encontraban la oportunidad de ser repetidas sin perder una pizca de significado, y abrigando otros nuevos que dotaban de color a las voces. El lugar respiraba, suspiraba y el tiempo de las canciones había llegado. Pero al fondo, mucho más allá de la verja, como no podía ser de otra manera: las olas rompían en la orilla.

miércoles, 9 de marzo de 2016




¿Qué te pido?
¿Qué te pido en prenda de tu amor, si te amo libre, te quiero libre, te necesito libre?
Te quiero pura de mí. He de encontrar la manera
de acercarme sin infectarte.



¿Has pensado en que quizás ella te necesita más de lo que tú la necesitas a ella?

Su piel sabía diferente. Era más áspera, más amarga de lo que había imaginado. Quizás, con un menor tiempo de macerado, la otrora degustada piel de sus sueños vívidos no se hubiera endulzado de esa manera. Cuántos meses habían pasado desde el día en que se conocieron. Cuántas idas y venidas en el espectro emocional, jugando sin gravedad con el tiempo, el espacio entre los cuerpos y la voluntad.

Voluntad.

Llegado el día, la noche, el beso sin importancia, apenas la historia que venían escribiendo conjuntamente cambió de frecuencia. Parecía tan natural que el júbilo se quedó atravesado en el marco de la puerta.

Sí que había acertado con el ritmo, con la torpeza y la fluidez en alternancia, con las barreras que ella interpondría y el débería derribar. Debería destruir cada ladrillo de negación y odio con la única ayuda de las manos de su amor. Y lo hizo. Con martilleante tesón, primero advinieron las aperturas físicas y previsibles que dejaron paso a las complejas transiciones, la operación orgánica del ejercicio íntimo.

El clímax era inevitable. Cualquier otro desenlace hubiera supuesto el horror, profunda decepción espiritual, el fallo estanco e inamovible de la última salida de emergencias. Pero cuando llegó fue mucho peor de lo que hubiera podido atreverse a imaginar. 

Su rostro - abandonado de toda identidad hasta hacía unos segundos - se contrajo, se desquebrajó como si alguien hubiera enterrado el sol debajo de hectáreas de campos de arcilla y los trozos se precipitaron hacia la oscura e insondable cavidad de su espíritu atormentado. En un instante, su rostro fue el rostro más triste de la tierra. Y él decidió besarla y absorber toda esa tristeza, intentando trasbasarla de cuerpo a cuerpo acompañándola, asiéndola, volviéndose de la misma materia esencial que ella.

Ella volvió a emerger de su propio rostro. Apartó el labio de su labio, el deseo del deseo. En silencio, recuperaron el mundo. Pero el mundo era un lugar frío, la decepción había ganado, y ella seguía perdida y él, él ahora era un poco más hondo, estaba un poco más perdido, algo más cansado. 



Cuando ella se marchó, él no la miraba y el júbilo seguía atravesado en el marco de la puerta.

lunes, 7 de marzo de 2016

Regeneración.

Recorro los pasillos, bailando entre los haces de luz, saltando de hora en hora por encima del constante transcurrir de lo cotidiano. Cumplo, completo, cauterizo los usos y deberes. Y en el margen de la vida, tú. 

Esta distancia nueva, este tiempo adecuado. Eres más de lo que deseaba para este entretiempo, el cambio entre los mundos, el momento de reconstruir las formas y las ideas.

Pronto nada será igual. Los equinocios marcarán principios, finales; la bruma cambiará estos edificios, y yo habitaré los otros. Otros aún informes e incoloros.

Y mientras, tú. La distancia efectiva. Estoy poniendo en tus manos mi futura fe en la ecología del corazón.

Estaré(mos) bien.

domingo, 6 de marzo de 2016

- ¡Mirad! Abajo, en el valle. Hogueras.

La patrulla entera se encaramó rápidamente a la torre del vigía. Observaron en jubiloso silencio las tres, cuatro resplandecientes llamas que partían la oscura noche en la explanada hundida.

-¿No dijeron los últimos que nadie había sobrevivido?
- Parece obvio que se equivocaron.
- Lo han conseguido. - dijo el último, protegiéndose el rostro del frío viento con el cuello de la chaqueta. Debajo de la tela sonreía.
- Encendamos las antorchas en señal de simpatía.

Cuando las cuatro estacas de la torre ardían ya pudieron los hombres notar que abajo los grupos en torno a las hogueras se levantaban, expectantes ante la señal y lo que pudiera acarrear consigo.

- Han superado el ataque de los bárbaros. Quizás se escondieron en las montañas del norte.
- ¿No lo veis? Allí. Es el poeta. No contaba con volver a verle.
- Despertemos a los refugiados del castillo. Vuelven a tener hogar, su pueblo prevalece.
- Quietos. Dejémosles descansar. Mañana el tiempo del dolor parecerá corto, y será el momento de la esperanza. Pero deben estar descansados para poder acogerla de nuevo.

Junto al poeta, en la fogata, una mujer. Nadie la conocía - hablan de que viajaba al menos desde los campos rocosos del oeste -, pero él había vuelto a escribir los viejos versos, las historias del pueblo, las canciones sobre el exterminio. Sólo al oír sus voces conjuntas los agazapados abandonaron las cavidades de la montaña.

El valle volvía a la vida, y hasta la fría noche parecía amable.

viernes, 4 de marzo de 2016

Que bastara para entretenerte.

Zumbido ahogado. Raíl, metal, giros cerrados. El túnel.

¿Qué ocurriría si rompiera a llorar en este instante? En este vagón, este mismo tren. Elucubro sobre si una sola persona me preguntaría por lo que ocurre. Me pregunto si yo sabría responderle. La sombra de la locura es una mancha azul constante sobre la frente sucia y el ojo derecho. Sé que todos pueden verlo.

¿Ves, Virginia? Mira la hierba, los matojos altos y los insectos de la tarde. Mira este vagón ahora, oscuro, tan lejos del naranjal que cruzamos hace cuatro horas. Te imagino aquí, y siempre te imagino muerta de frío arremolinada en tu casto abrigo de franela. Estamos tú, y yo, y esto es la vida, Virginia. La cuestión entre estar muerto y estar vivo en realidad presenta una faz esquiva. La diferencia reside entre ser amado o vivir tras la barrera de cristal. 

Qué difícil es, pero cuando ocurre - y esto lo sabes bien porque habitas dentro mío, y de ningún modo fuera - oigo abrirse lentamente los portalones mohosos de mi más sincera y laberíntica intimidad. Suenan romos, pesadamente. Suenan como el arrastrar en un punto la cruz astillada contra un suelo de grava. Y sin embargo aquí van, las oyes, se abren. ¿Para qué? ¿Quién podría querer entrar? ¿Acaso no somos, yo y esto mío que los demás ven, la cosa más repugnante que posiblemente exista? Cierra las puertas, Virginia: se han equivocado los mayordomos, nadie nos acompañará esta noche, siquiera alguna otra.

Sé que estará leyendo esto, y que no lo estará entendiendo. Casi parecía hablar la lengua, este idioma. Pero era mentira. He teñido - como bien sé hacer - los sintagmas con los colores de mi intelecto. He inteligido daltónicas intenciones. 

Sospecho me creen fortaleza, Virginia. Bruñido metal, compacto artesonado. Creen que pueden descolgarse con sus largos cabos por mi fachada - verticales. Y que no pasará nada. Si se abren las puertas y no entran. Nadie los añora dentro, ¿verdad? No hay nadie en esta casa, sólo te estoy imaginando.

Sólo existe lo que yo quiero ver.

Ojalá una sola persona tuviera cuidado con sus palabras. Ojalá yo no confundiera el sonido de la amable y fugaz consideración con el tintineo de las arras y los valses. Me muerdo contra el labio la única pregunta que necesito hacer: ¿Podrías quererme a pesar de todos los desenlaces lógicos? Aunque sólo fuera por un rato. Bastaría con un rato.

Lo dijiste tú, Virginia.
Sólo esperaba un gesto tuyo para amarte.

Maldigo a los fuegos del Averno al que me metió en la cabeza que yo era mejor que absolutamente nadie. 

Mira cómo se desliza el tren, Virginia. Todo ha cambiado.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Kilimanjaro

He sentido temblar el aire y mutar el suelo cuando has entrado. He esperado a mirarte, fuera que mi corazón dimitiera de esta mortal empresa. Me has mirado, y todo ha vuelto a ser antiguo, iridiscente, concreto y correcto. Ha sido verte y he vuelto a creer en que hay luz esperando a bañar el destino de los hombres. Y con esto sólo quiero decir que al mirarte ha vuelto a entrar el sol en la vieja cáscara estancada que es mi cuerpo.

Besaría tus ojos, tus tobillos, el blando peso de tu carne, el dulce veneno de tu olor burdeos, tu esencia en Fa - aún no sé si mayor o menor - y hasta el lugar donde me has rozado por sopresa la mano con tu fría mano. Tanto ardor, todo este anhelo horrendo, y tú tan rica, tan viva en esta tierra de muertos. Y tus clavículas magníficas, más afiladas que el Teide, que el Tibet, que el Kilimanjaro.

Que enciendan la megafonía: se ha perdido en mi vida un amor de medio año, viste bañador celeste y chanclas y responde al nombre que aún no te he dado.

Burdeos. Te llamas Burdeos.

martes, 1 de marzo de 2016

Llevábamos los auriculares puestos.

- Te digo que no me lo esperaba de él.
- Yo tampoco, sinceramente.

La mesa sobre la que se han prodigado los platos y cubiertos del desayuno cojea ligeramente sobre el suelo de piezas geómetricas en hormigón prensado. Cojea cuando se posa la taza del café que la camarera ha derramado en el platillo, cojea cuando se unta la tostada de copiosa mantequilla allí y generoso tomate aquí, y cojea con los aspavientos iracundos de la madre - que es víctima de la irregularidad emocional de un mensajeador instantáneo - y lanza el móvil tajante para volverlo a recoger, una y otra vez, hasta que se cansa. Hasta que se cansan todos. La madre, la hija y la sobrina. 

Un bodeguero de seis meses araña la capucha del abrigo que cuelga sobre el respaldo de la silla, intentando llamar la atención de la sobrina. Los comensales en las mesas danzan, atracan y desembarcan, huyen y abandonan a su alrededor. Y ellas, queriendo percibir el apacible transcurrir del mundo y del sol sobre sus rostros, evitando que los fantasmas asciendan. No ha de haber maldades al mediodía, es forzoso y perentorio. 

En un momento quieto, la sobrina observa, y ve. A dos mesas de distancia atiende al desayuno una pintoresca agrupación: adultos que se intercambian de brazo a brazo un pequeño y dos lactantes, mientras desayunan, conversan y como ellas, disfrutan irremediablemente del tacto cálido del sol. No es difícil determinar su extranjería: por rasgos, maneras y carácter, han de ser británicos. Sálvese una, quizás, que deja caer los acentos en la oración de una manera tan particular y propia de esta penísula descastada en la que tenemos a bien de vivir, y que nos hace familiares entre nosotros en cualquier rincón del mundo. 

La sobrina abre bien el canal de los ojos para regalarse el sinestésico tacto de la blanca piel, del asible cabello, pálida rosez facial de una madre del grupo que acuna amorosamente a un pequeño bebé - quizás algo cabezón para dejarlo pasar sin más.  Embelesada, consciente, confiesa a su tía:

- Ese ha de ser todo el futuro que yo pudiera desear.

La tía, apelada, distrae la atención sobre el grupo. Asintiendo la belleza de la joven madre que aún observa su sobrina, no puede evitar fijarse en el joven que se sienta a la izquierda de ésta. Qué amables las facciones, mediterráneos los colores naturales de su estampa, siguiendo con dulces ojos agrietados al pequeño que revolotea en círculos alrededor de la mesa y juega con los animales de plástico más finamente fabricados nunca para el disfrute de un infante. Henry, el niño se llamaba Henry.

- Él también es adorable. 
- Sin duda.

Es en ese momento que la madre tiende el bebé a la mujer que tiene frente a ella - que lo acoge y abraza con equivalente ternura - y pasa a aupar al pequeño corredor en sus rodillas. El niño, contento, se arremolina en los brazos de la joven, y ella lo entretiene con canciones. La tía y la sobrina, todavía en silencio, de vez en vez posan de los ojos en el grupo vecino, descubriendo eventualmene que el joven de dulces ojos se ha unido a las canciones. Los tres alzan y zarandean las manos ejectuando la coreografía apropiada mientras ella canta y anima al niño, y el joven vocaliza con precisión pero sin sonido, acojiendo en su boca las palabras y asiendo los fonemas con el sordo cuidado del que reposa los labios sobre la caña de la flauta para ensayar después las posiciones digitales sin ánimo alguno de concebir música. 

Tía y sobrina coinciden en que seguramente sea la familia más idílica que han visto. La una se resiente por lo distantes que resultan esos pequeños actos de unidad en su pasado, la otra se duele por sospechar que jamás vivirá nada parecido. Y así se enfrascan en sus egoístas desdichas, cada una apesadumbrada por aquello que creen dotado a los demás pero negado para sí. 

El desayuno transcurre, y acaba. Se ojean los periódicos, desfilan los cachorros de perro, cambian las voces y cambian los rostros. Hasta la hora del reloj cambia sin que nadie haga por evitarlo. Y es el momento de marchar, o al menos debe serlo en Gran Bretaña, pues los familiares vecinos recogen el campamento y se disponen a dispersar sus caminos y esperanzas. Pero en el tiempo de darse los besos, los abrazos, las promesas de reencuentro y los buenos deseos algo llama la atención de la sobrina: lo que parecía un cúmulo de parejas, felices matrimonios comunes rayanos en el aburrimiento social, se redistribuyen ante los ojos escapistas del silencioso auditorio. Parten hacia el este la joven madre con el lactante en el carro y otra muchacha que le acaricia confiada la espalda antes de emprender el camino, y hacia el sur el dulce joven, que sostiene el andador del pequeño corredor mientras camina dos pasos por detrás de sus amigos, matrimonio de la mujer peninsular y el hombre insular, que se alejan con Harry en brazos y otro lactante dormido. 

Y de repente, todo parece distinto. Los jóvenes no eran en su conjunto, sino separadamente. Más aún, el uno era solo, y la otra indudablemente divergente. Y qué importaría esto a nadie más, si no fuera porque algo quiso revivir en un rincón de la risa de la tía y de la sobrina que descreídas de sus fugaces amores habían renunciado incluso a la esperanza de convivir con ellos en un plano puramente simbólico e intimísimo - esperanza que no confesarían a nadie directamente - y que sin embargo ahora veían abierta la puerta a sus cavilaciones itinerantes. De repente la aislada soledad que habían compartido parecía más fresca, más abierta, dotada de ventanas y de arcos para el paso, y vieron alejarse con la indudable curiosidad hospedada en el centro mismo de cada una a su fugazmente amado, aprehendiendo contra el pecho los pocos detalles que aún podían retener, tesoros olvidados que aquellos dos ciudadanos habían dejado atrás y que sería lo que finalmente prevalecerían a todo el vodevil matinal: el sonido imperceptible del roce digital contra el rubio y láguido cabello en reordenación,  el final accidentado de la amplia patilla oscura, el terso y pálido labio superior, el corte distópico de la gabardina negra, la finísima octava de la voz afectuosa y la mirada, la última mirada sobre el hombro del dulce joven antes de marchar, con amplios pasos, para seguir a sus amigos hasta perderse entre los edificios bajos de la calle Trajano.

domingo, 28 de febrero de 2016

Sábado noche.

- ¿Qué es ese sonido? ¿Acaso son crujidos?
- Espera, te sale del pecho.
- Será la costra helada de mi corazón, que se astilla al sentirla cerca.



Y que te quieran mucho.
Sería imposible no hacerlo.

domingo, 21 de febrero de 2016

Me pregunto si merece la pena.

A quién le importaría si simplemente desapareciera.

jueves, 18 de febrero de 2016

18 Febrero 2016

No he vuelto a escribir aquí por ti, pero me alegra saber que lo hago contigo cerca. 
Es íntimo. Como una suerte de correspondencia secreta. 

Esta va por ti, lo sabes bien. Gracias por ser tan tozudamente.

Al sur de la sala

El mundo ocurre con un orden cauto, un orden quieto, un orden yo. En segunda línea, observo. Aquí, allá, las mesas, la nueva sangre, las viejas caras. Qué podrían sospechar, cuánto ha pasado desde que en este edificio yo entraba sin saber y tú reías desprevenida. La ceguera cardíaca en los días de tu irrelevancia.

Hace un año y medio estábamos en otro lugar que era esto, a ti te acariciaban la palma de la mano y no lo recuerdas, pero yo recuerdo bien la cadencia. Arriba, y abajo, como el amansar a una fiera. Nadie lo recuerda más que yo. Je crois bien avoir la meilleure mémoire des sensations qui soit.

Agacho ahora el mirar, y escribo.


Te añoro. Te añoro con el cuerpo, y no. Con un trozo del alma que desconocía tuviera autonomía, potestad de enajenamiento, revolución del aire en el pecho, levantamiento en armas. Te amo de forma selectiva, vigencia de este órgano mixto a medias músculo granate a medias material inasible, donde habitas acompañada pero erguida, única en tu clase y nivel, máxima en tu exponencia.

Te adoro en un tiempo que ya ha pasado. Y mientras, esta distancia insoportable, y el hueco que dejaste al marchar.

miércoles, 10 de febrero de 2016

10 Febrero 2016

Los hombres que habitaban los agujeros de la tierra.

Rebasó el matorral y vio que aquello que brillaba sobre la falda de la montaña eran remesas de antorchas dispuestas al presunto azar. Había esperado civilización, pero no la encontraba. Al momento un profundo gemido hizo temblar el valle, y tras el primer sobresalto vino el temor a la ira de la montaña. Pero de la tierra surgieron cabezas, troncos y extremidades que pronto contaban por cientos, miles casi, y por dos los ojos que se clavaron en ella. Su cabello era oscuro, y sus hogares estaban excavados en el suelo.

El sol salió por detrás de la ladera, y el aire dejó de ser aguamar. Fue la bienvenida más majestuosa que le darían nunca.


sábado, 30 de enero de 2016

Un andén pulido, y el caballero.

La sala permanecía completamente en silencio. Apenas la narrativa natural del juicio más esperado del año se había detenido en seco: aquel lord antaño intachable se erguía dentro del cubículo de las declaraciones mientras la densidad del aire aumentaba esperando la respuesta del apelado por las preguntas de la acusación.

Así se habían dado los hechos: una pareja de jóvenes cruzaba el andén cuatro de Victoria Station cuando de la multitud surgió el caballero, que ante la sorpresa de todos, rompe la nariz de un derechazo a la joven de aguileñas facciones. Ésta cae al suelo y pronto se encuentra cubierta de sangre, pese a la poco útil asistencia de su amiga presa de la alarma. El caballero - habiendo recuperado la compostura - continúa su camino por el andén, toma el primer tren a Brighton y se pierde el fabuloso espectáculo que tiñe de bermellón los suelos pulidos de la estación. 
Una semana más tarde había recbidido en su casa la denuncia,  y medio mes bastó para reunir a todo el curioso Londres ante las puertas y entre las banquetas del juzgado. El caballero compareció sin defensa u oposición.

La pregunta de la acusación no hacía más que poner sobre el tablero la inquietud que todos compartían: ¿Por qué?. Al fin el lord se decididó a responder.

             He hecho grandes cosas por los habitantes de esta ciudad. Algunas se me han agradecido, otras tantas reconocido, cuántas no tanto. He luchado, salvado, asistido, he sido gentil. Pese a todo, una vez se me infligió una herida que no ha dejado nunca de supurar pestilentes fluidos, y nadie quiso verlo o resarcirme por el daño. Optaron ustedes por ridiculizarlo, menospreciar la deuda para con mi honor. 

Mira a los ojos de la de aguileñas facciones hematómicas, sentada donde la acusación. Ésta vuelve el rostro, pero desde todos los lugares hay ojos que se ciernen sobre ella interrogantes. 

          Si les soy sincero no pretencía hacer lo que hice hasta el momento mismo en que la vi. Fue fruto del casual encuentro. Ha pasado . Y sepan bien ustedes que no van a condenarme por la vileza de mis actos: van a castigarme por la única vez que he puesto mi causa personal por encima del bien mayor. El bien mayor a ustedes de recibir. Lo consideré y tomé mi decisión. Vi cómo iba acercándose a mí dos minutos enteros antes de que nos cruzáramos. Lo relevante es que ustedes debieron tomarme por un dios o un santo, o un idiota. Adelante, sacien su lujuria con el sonido de mi caída. 

No volvió a decir nada más mientras lo sacaban de la sala. Los periódicos lo tacharon de vanidoso, imprudente y violento: un peligro para la ciudad. Sólo él y la víctima sabían en qué había consistido la afrenta a la que había hecho alusión.

Pese a todo, lo que peor llevó Londres fue recordar que era humano. Y solo allí donde lo creían idiota ha sobrevivido la sombra del respeto. En el margen del sistema.