domingo, 28 de febrero de 2016

Sábado noche.

- ¿Qué es ese sonido? ¿Acaso son crujidos?
- Espera, te sale del pecho.
- Será la costra helada de mi corazón, que se astilla al sentirla cerca.



Y que te quieran mucho.
Sería imposible no hacerlo.

domingo, 21 de febrero de 2016

Me pregunto si merece la pena.

A quién le importaría si simplemente desapareciera.

jueves, 18 de febrero de 2016

18 Febrero 2016

No he vuelto a escribir aquí por ti, pero me alegra saber que lo hago contigo cerca. 
Es íntimo. Como una suerte de correspondencia secreta. 

Esta va por ti, lo sabes bien. Gracias por ser tan tozudamente.

Al sur de la sala

El mundo ocurre con un orden cauto, un orden quieto, un orden yo. En segunda línea, observo. Aquí, allá, las mesas, la nueva sangre, las viejas caras. Qué podrían sospechar, cuánto ha pasado desde que en este edificio yo entraba sin saber y tú reías desprevenida. La ceguera cardíaca en los días de tu irrelevancia.

Hace un año y medio estábamos en otro lugar que era esto, a ti te acariciaban la palma de la mano y no lo recuerdas, pero yo recuerdo bien la cadencia. Arriba, y abajo, como el amansar a una fiera. Nadie lo recuerda más que yo. Je crois bien avoir la meilleure mémoire des sensations qui soit.

Agacho ahora el mirar, y escribo.


Te añoro. Te añoro con el cuerpo, y no. Con un trozo del alma que desconocía tuviera autonomía, potestad de enajenamiento, revolución del aire en el pecho, levantamiento en armas. Te amo de forma selectiva, vigencia de este órgano mixto a medias músculo granate a medias material inasible, donde habitas acompañada pero erguida, única en tu clase y nivel, máxima en tu exponencia.

Te adoro en un tiempo que ya ha pasado. Y mientras, esta distancia insoportable, y el hueco que dejaste al marchar.

miércoles, 10 de febrero de 2016

10 Febrero 2016

Los hombres que habitaban los agujeros de la tierra.

Rebasó el matorral y vio que aquello que brillaba sobre la falda de la montaña eran remesas de antorchas dispuestas al presunto azar. Había esperado civilización, pero no la encontraba. Al momento un profundo gemido hizo temblar el valle, y tras el primer sobresalto vino el temor a la ira de la montaña. Pero de la tierra surgieron cabezas, troncos y extremidades que pronto contaban por cientos, miles casi, y por dos los ojos que se clavaron en ella. Su cabello era oscuro, y sus hogares estaban excavados en el suelo.

El sol salió por detrás de la ladera, y el aire dejó de ser aguamar. Fue la bienvenida más majestuosa que le darían nunca.