jueves, 31 de marzo de 2016

Teatro Irlandés

- Pretendía sentarse junto a ella y hacerle todas esas preguntas. Qué sucedía si después de todo se aburrían la una de la otra, si al final se advenía el silencio y las causas muertas, si en el fondo de sí misma era tan complicada que necesitaría de complicaciones para sentirse viva.

- ¿Lo hizo?

- No. 

- ¿Por qué?

- Porque todo aquello venía de dentro suya, de un tiempo preconsciente. No quería hacerle las preguntas a ella sino a sí misma. Quería ver por un agujero en la pared el futuro y poder proferir ya el temido "Lo sabía. Te lo dije." Pero la vida no va de eso, maldita sea. Nos perdemos en el lirismo y en la magia, y las cosas son más fáciles. El mundo es suficientemente complejo por sí solo, y el egoísmo vence allá donde pisa cremando los cuerpos, las esperanzas o las buenas intenciones. ¿Qué de malo hay en regalarse la presencia de alguien? Se saturó cuando la intimidad continuada le hizo perder la perspectiva: fue pasto de las dudas porque se olvidó de lo extraordinaria que es ella, lo agradable que hace este mundo.

- Creo que no me estás contando la verdadera razón por la que no hizo todas las preguntas.

- Recordó su rostro y su paz, y toda aquella bondad que se prometió no infectar.

- Creo que en el fondo se siente culpable de ser feliz.

- En el fondo se siente culpable de ser feliz.


Daniel Buxton Núñez


[Verás, tengo un amigo con este problema.]

Kynthos



Este es el momento en el que guardo silencio por tu recuerdo.




¿Qué sentido tiene estar vivo? Las piernas alzan al individuo hacia el sol, contra el suelo. Es el primer resquicio de imbatibilidad. Estabas aquí mucho antes de saber mi nombre, y saltabas de ansia el día que nos conocimos. Vi los ojos dulces de tu madre al mirarte. Los brazos de tu amiga enroscarse sobre tu cuello al verte, presas ambas de una alegría sin limitaciones. Vi tu enfado, tu derrota y tu armisticio. Y hablaba de mi nuevo amor el momento en que caíste al suelo.

Hoy no existes. El día que caíste al suelo alguien te salvó de las convulsiones y yo te tuve contra mi pecho. Te tuve contra mi pecho. Cerré mi cuerpo en torno a ti para que la muerte se alejara, y tú respiraste. Estuvimos hasta que llegó tu madre y te llevó consigo. No nos despedimos. Estabas muy lejos dentro tuyo: no creo que recordaras que yo estuve allí. Esa tarde que caíste al suelo.

Hoy no existes, y me has dejado aquí. No creo que pensaras más de dos veces en mi nombre. Me has abandonado. Te tuve contra mi pecho, contra mi maternidad frustrada, contra la muerte que nos persigue siempre. En el rincón más azaroso del mundo, me has abandonado. 

Pienso en la sonrisa de tu amiga al verte, y en tu nueva ausencia. 
Pienso en la sonrisa de tu amiga al verte
y
en
tu
ausencia.


viernes, 25 de marzo de 2016

Una extremidad germinada

Si tuviera que definirlo de alguna manera, seguramente diría que cuando él llegó se llenaron todos los espacios: no sólo esos que desesperadamente necesitaban volver a ser habitados - por alguien bueno, puestos a desear -, sino también algunos de aquellos a los que jamás había prestado atención.

De repente heredó por lealtad una posición en algunos de los debates más insólitos, campos de la realidad en los que nunca se había tomado la necesidad de pensar por estar demasiado lejos de todo aquello que acontecía en su pequeña y singular vida. Al momento tenía un equipo de balonmano nuevo, había canciones que debía detestar, géneros enteros de la literatura que ahora le parecían más simpáticos por el mero hecho de que para él eran especialmente apasionantes; los lugares que antes no tenían color, nombre o forma ahora brillaban de un modo emocionante: intentaba verlo con los ojos nuevos y se preguntaba cómo era que no había visto todo aquello antes, y notaba cómo su alma se expandía poco a poco como un globo de agua que alcanza el cenit de su hinchazón o como aquél que puede ver sin creerlo que le está germinando una extremidad nueva del torso mismo; y comenzó a sentirse más rico, pero también más concreto, más exacto, más delimitado por las nuevas palabras y conceptos, como quien pudiera ser testigo de la construcción de la historia que los demás contarán a su muerte. Como si pudiera atreverse a ser colmadadamente feliz con ello.


jueves, 24 de marzo de 2016

24 de marzo 2016

El nombre de uno es sin duda alguna
el sonido más dulce
y más doloroso
que puede escucharse
cualquiera el contexto
cualquiera la boca
cualquiera el momento.



Pero dilo tú,
dilo tú.

Laura Estrada Márquez

Descenso

La película ya había empezado. Debía de ser el único cine de la ciudad que aún no había tomado como costumbre poner quince minutos de publicidad antes de comenzar la película programada. A menudo esos minutos salvaban la tarde de los rezagados que se hubieran perdido de camino a los baños o que venían de intercambiar no demasiado elegantes palabras con el de las palomitas. El pelirrojo. Ese. Qué ser tan horriblemente maleducado.

La película había empezado, pero algo no iba bien en la sala. Había murmullos saltando entre las filas, revoloteando entre las hebras recias de los sillones azules manchados y aseados una y otra vez con refresco y agua enjabonada, refresco y agua enjabonada, refresco y agua enjabonada. Mejor ni hablamos de qué otras cosas se derramaban sobre los asientos entre las fases de esta cadena de procesos. 

En mitad de la escalera había una persona tumbada - no muy cómodamente, pues todos sabemos que las escaleras no admiten más de tres disposiciones corporales para su disfrute, y aquella no era una de ellas ni por asomo. Uno de los escalones se clavaba en su cogote, el otro en mitad de su espalda, el otro soportaba el cóncavo espacio de las corvas que sostenían lo que quedaba de su cárnica identidad hasta el final del cuerpo. Hasta el suelo. Parecía atravesar alguna suerte de trance: elevaba las manos intentando sumergirlas en los haces de luz que parcialmente definían las sombras e iluminaciones de la pantalla sin llegar a conseguirlo; alzaba la cabeza y la alejaba de la pantalla e inconscientemente miraba directamente los rostros iluminados de los espectadores esperando encontrar alguna señal de epifanía, de redención, de amor o de profundo disgusto. 

Le pareció tan extraordinario encontrarse a aquel ser humano allí mismo - en un espacio donde los seres humanos tienen comúnmente prohibido permanecer por largo rato - que no encontró fuerzas para romper su atmósfera de satisfacción con sus indecorosos pasos. La observó desde abajo, y poco a poco, comenzó a mirar hacia donde ella miraba con la fascinación contagida de la suya que se apoderó de su cuerpo, y poco a poco comprendió el motu de aquella yaciente mujer: pudo percibir las historias que permanecían inmóviles desperdigados en las plazas a ocupar en la sala, las existencias despojadas de aquellas personas que se reunían a oscuras en secreto convenio para olvidar de alguna manera y ser - epifanía sensorial superior teñida de cotidianidad - otros seres en otras épocas y con otros conflictos que rivalizarían con los suyos. Sus dramáticos entuertos perderían peso gracias al mágico proceso. 

Pero la mujer yacente entorpecía este tribal contrato. Ella allí, con su impúdica fascinación por todos los elementos físicos y no físicos involucrados en el proceso, les recordaba sus feas caras, sus feas preocupaciones, su fea incapacidad para existir plenamente y mostrar orgullo por aquello que consideraban bello, y repulsa por lo que consideraban negable. Tanto es así que ni siquiera mostraban su desacuerdo con la actitud de la muchacha sino quedamente, con falsa cortesía y cauterizada energía. 

La mujer se levantó en mitad de esa muchedumbre ronroneante de descontento. Al bajar las escaleras la vio a ella, le tocó el hombro cuando alcanzó su posición y mirándola a los ojos de alguna manera supo exactamente qué pregunta venía enroscándose en las tensas cuerdas que sujetaban su vida, qué debate traía consigo misma de forma que a menudo provocaba ansiedades y ausencias en sí, y al mirarla y tocarla compartió la pregunta con ella y se la devolvió dotada de vocablo y reverberación: 

¿Qué es el amor?
Y en todo caso, ¿es esto amor?

Y se marchó.

Y los rollos seguían danzando dispuestos a ser iluminados durante la proyección, mientras que en la pantalla hombres y mujeres fotosensibles divagaban sobre cosas que no tenían nada que ver con ella pero que pronto arrastraron como la marea o el cauce renovado de un río sin nombre la pregunta que la mujer había vociferado, y a la mujer, al mundo de ahí fuera y los sonidos o colores externos, para dejarla pura y límpida de nuevo durante dos horas en un estado que acaso es el más cercano a la muerte de uno en favor del todo que pueda experimentarse en esta tierra azarosa. Así fue, sin nada más.

miércoles, 16 de marzo de 2016

16 de marzo 2016


He estado pensando y sé que algún día me arrepentiré de esta idea, pero he empezado a entender que quizás vale la pena. Vales el riesgo y el dolor. Todo lo que me ha traído hasta aquí dejó orgullo y dolorosa cicatriz. Sentí las noches, el pulso caer y el cuerpo morir de alguna forma, pero volví. Llegué. La última herida me la hizo querer controlar el lento girar del mundo.

Si tengo que equivocarme, sea.

Sigo intentando descubrir si todo tiene fecha de expiación. Pero siendo realistas, ni en la más vibrante fantasía pensé que nos encontraría así. Esto claro, ¿qué más dá lo demás? Estoy aterrada de que no sientas el miedo que siento yo. De que esto sea una catedral en mi pecho, y caiga. Todo caiga. Pero también sé que no dejaría que nada la derruya más que tú. No dejaré que nada te (me) ponga en peligro.


 No íbamos a existir.
Toda tu materia es revolución.



lunes, 14 de marzo de 2016



Te has llevado el orden y has dejado la alegría.



Ópalo

Hoy he visto una paloma blanca. Tenía la pata izquierda mal formada, como un apretado amasijo de carne, y el pico abultado; las alas oscuras del roce con el suelo, rosáceas manchas aquí y allá en el blanco plumaje, asustada mirada de indefensión. La he visto mientras yo me acercaba andando, ha echado a volar mirándome desde la esquina de su mísero ojo y he pensado que aquél y no otro era el símbolo definitivo de mi amor, mandado por alguien superior con algún oscuro propósito: voluntad de hacerme reír, o llorar, ante la realidad de las formas.

Hoy he visto una paloma blanca. Tenía la pata izquierda mal formada, yo he pensado en que ella era mi amor, y entonces me ha envuelto el llanto en mitad del camino a casa. 

domingo, 13 de marzo de 2016

28 horas

En mitad de la acera, frente a la puerta de hierro: un banco de piedra. Sobre él, la chica y las horas que han pasado. Los pies de la chica cuelgan sin tocar el suelo balanceándose rítmicamente. A un extremo de la calle, la densa niebla no deja ver nada. Al otro, una hilera de casas de fachada verde bosque, y a lo lejos - superada la pendiente en descenso - el mar.

De la bruma surje ella con paso firme y mirada atenta. Se acerca al banco, al tiempo que la chica nota su presencia. La mira.

- Al final has venido. 
- No sé muy bien por qué, pero sí. 

Dime que por mí. Eso pensó.

- Siéntate, por favor.

Ella se sentó junto a la chica. Observaron durante unos minutos la enorme reja que tenían delante, que las separaba de una superficie boscosa y sombreada. Ella no profirió palabra, la chica recapacitó serenamente lo que iba a hacer, pero sin dejar de disfrutar de ese lugar exacto que tanto tiempo había guardado para sí. Aquel lugar en el banco de piedra delante de la puerta.

- ¿Es lo que esperabas? - dijo la chica.
- Es hermoso. Raro, pero hermoso. 
- He cuidado de que fuera un buen lugar. Único. Cuando lo pises, no estarás pisando una extensión de todos los otros lugares que has pisado. Estaremos aquí, sólo aquí. Estará todo a tu disposición. ¿Puedes verlo? Allí, a la izquierda. Un mirlo negro tamborilea con el pico la corteza. Debe de estar buscando algo. He rescatado cada cosa que encontrarás aquí con mis propias manos. Pero puedes tenerlo todo, supongo. O tan solo pasear. Puedes pasar. No sé por qué tú precisamente, pero estamos aquí, y puedes pasar. 
- ¿No tienes miedo?
- Lo tengo. 
- ¿Y por qué estamos aquí?
- Porque sólo existe hoy.

Ella se levantó, se acercó a la puerta y la empujó para abrirla. Nada se movió. Ella se volvió contrariada hacia la chica. - Pero está cerrada. 
- Otros antes se la dejaron abierta. - Y se levantó, apoyó las palmas de las manos en ambas hojas de la puerta y empujó. Se movieron suavemente, sin chirriar, sin descolgarse. - Vaya, pensaba que nos costaría más.
- De nuevo, ¿por qué yo?
- No lo sé. Lo averiguaremos, supongo. Esto - señaló hacia el inmenso parque que se abría ante ellas, empezando por el camino de guijarros que comenzaba justo debajo de sus pies - está justo aquí, esperando. Los naranjales, los cerezos en flor, los bancos de arena, las aguas sucias y limpias, y el arrozal del norte. Las madrigueras, el bosque, la cabaña y el fuerte de roca. Y todos los retratos, todos los rostros sobre la madera, junto a las librerías. Pero probablemente debería dejar de hablar ya. Hablo siempre demasiado. Seguramente quieras que me calle.
- No está mal hablar. Es un buen comienzo. - Y perdiendo la mirada entre los árboles y la atención entre el murmullo calmo del entorno, tomó de la mano a la chica. Ésta se miró la mano dentro de la de ella durante diez segundos, y al que hizo once y contra todo pronóstico,
nada
había
ardido.
- Es un buen comienzo. 

Había un agapornis blanco de cola azul cielo en la rama sobre sus cabezas. Las miró. Reconocía los nuevos olores, los nuevos sonidos. El lugar había pasado cerrado mucho tiempo. El lugar respiraba de nuevo, colmado de una actividad latente, esperando ansioso el juego, la aventura, posiblemente la lluvia y el viento de levante con su arenoso resquemor. Pero la puerta se había abierto, y era todo lo que tenían ahora. Mejor eso que la oscuridad. Aunque no lo entendieran del todo bien. El lugar respiraba, y le encantaban esas viejas frases que otros habían dicho tiempo atrás y que aún encontraban la oportunidad de ser repetidas sin perder una pizca de significado, y abrigando otros nuevos que dotaban de color a las voces. El lugar respiraba, suspiraba y el tiempo de las canciones había llegado. Pero al fondo, mucho más allá de la verja, como no podía ser de otra manera: las olas rompían en la orilla.

miércoles, 9 de marzo de 2016




¿Qué te pido?
¿Qué te pido en prenda de tu amor, si te amo libre, te quiero libre, te necesito libre?
Te quiero pura de mí. He de encontrar la manera
de acercarme sin infectarte.



¿Has pensado en que quizás ella te necesita más de lo que tú la necesitas a ella?

Su piel sabía diferente. Era más áspera, más amarga de lo que había imaginado. Quizás, con un menor tiempo de macerado, la otrora degustada piel de sus sueños vívidos no se hubiera endulzado de esa manera. Cuántos meses habían pasado desde el día en que se conocieron. Cuántas idas y venidas en el espectro emocional, jugando sin gravedad con el tiempo, el espacio entre los cuerpos y la voluntad.

Voluntad.

Llegado el día, la noche, el beso sin importancia, apenas la historia que venían escribiendo conjuntamente cambió de frecuencia. Parecía tan natural que el júbilo se quedó atravesado en el marco de la puerta.

Sí que había acertado con el ritmo, con la torpeza y la fluidez en alternancia, con las barreras que ella interpondría y el débería derribar. Debería destruir cada ladrillo de negación y odio con la única ayuda de las manos de su amor. Y lo hizo. Con martilleante tesón, primero advinieron las aperturas físicas y previsibles que dejaron paso a las complejas transiciones, la operación orgánica del ejercicio íntimo.

El clímax era inevitable. Cualquier otro desenlace hubiera supuesto el horror, profunda decepción espiritual, el fallo estanco e inamovible de la última salida de emergencias. Pero cuando llegó fue mucho peor de lo que hubiera podido atreverse a imaginar. 

Su rostro - abandonado de toda identidad hasta hacía unos segundos - se contrajo, se desquebrajó como si alguien hubiera enterrado el sol debajo de hectáreas de campos de arcilla y los trozos se precipitaron hacia la oscura e insondable cavidad de su espíritu atormentado. En un instante, su rostro fue el rostro más triste de la tierra. Y él decidió besarla y absorber toda esa tristeza, intentando trasbasarla de cuerpo a cuerpo acompañándola, asiéndola, volviéndose de la misma materia esencial que ella.

Ella volvió a emerger de su propio rostro. Apartó el labio de su labio, el deseo del deseo. En silencio, recuperaron el mundo. Pero el mundo era un lugar frío, la decepción había ganado, y ella seguía perdida y él, él ahora era un poco más hondo, estaba un poco más perdido, algo más cansado. 



Cuando ella se marchó, él no la miraba y el júbilo seguía atravesado en el marco de la puerta.

lunes, 7 de marzo de 2016

Regeneración.

Recorro los pasillos, bailando entre los haces de luz, saltando de hora en hora por encima del constante transcurrir de lo cotidiano. Cumplo, completo, cauterizo los usos y deberes. Y en el margen de la vida, tú. 

Esta distancia nueva, este tiempo adecuado. Eres más de lo que deseaba para este entretiempo, el cambio entre los mundos, el momento de reconstruir las formas y las ideas.

Pronto nada será igual. Los equinocios marcarán principios, finales; la bruma cambiará estos edificios, y yo habitaré los otros. Otros aún informes e incoloros.

Y mientras, tú. La distancia efectiva. Estoy poniendo en tus manos mi futura fe en la ecología del corazón.

Estaré(mos) bien.

domingo, 6 de marzo de 2016

- ¡Mirad! Abajo, en el valle. Hogueras.

La patrulla entera se encaramó rápidamente a la torre del vigía. Observaron en jubiloso silencio las tres, cuatro resplandecientes llamas que partían la oscura noche en la explanada hundida.

-¿No dijeron los últimos que nadie había sobrevivido?
- Parece obvio que se equivocaron.
- Lo han conseguido. - dijo el último, protegiéndose el rostro del frío viento con el cuello de la chaqueta. Debajo de la tela sonreía.
- Encendamos las antorchas en señal de simpatía.

Cuando las cuatro estacas de la torre ardían ya pudieron los hombres notar que abajo los grupos en torno a las hogueras se levantaban, expectantes ante la señal y lo que pudiera acarrear consigo.

- Han superado el ataque de los bárbaros. Quizás se escondieron en las montañas del norte.
- ¿No lo veis? Allí. Es el poeta. No contaba con volver a verle.
- Despertemos a los refugiados del castillo. Vuelven a tener hogar, su pueblo prevalece.
- Quietos. Dejémosles descansar. Mañana el tiempo del dolor parecerá corto, y será el momento de la esperanza. Pero deben estar descansados para poder acogerla de nuevo.

Junto al poeta, en la fogata, una mujer. Nadie la conocía - hablan de que viajaba al menos desde los campos rocosos del oeste -, pero él había vuelto a escribir los viejos versos, las historias del pueblo, las canciones sobre el exterminio. Sólo al oír sus voces conjuntas los agazapados abandonaron las cavidades de la montaña.

El valle volvía a la vida, y hasta la fría noche parecía amable.

viernes, 4 de marzo de 2016

Que bastara para entretenerte.

Zumbido ahogado. Raíl, metal, giros cerrados. El túnel.

¿Qué ocurriría si rompiera a llorar en este instante? En este vagón, este mismo tren. Elucubro sobre si una sola persona me preguntaría por lo que ocurre. Me pregunto si yo sabría responderle. La sombra de la locura es una mancha azul constante sobre la frente sucia y el ojo derecho. Sé que todos pueden verlo.

¿Ves, Virginia? Mira la hierba, los matojos altos y los insectos de la tarde. Mira este vagón ahora, oscuro, tan lejos del naranjal que cruzamos hace cuatro horas. Te imagino aquí, y siempre te imagino muerta de frío arremolinada en tu casto abrigo de franela. Estamos tú, y yo, y esto es la vida, Virginia. La cuestión entre estar muerto y estar vivo en realidad presenta una faz esquiva. La diferencia reside entre ser amado o vivir tras la barrera de cristal. 

Qué difícil es, pero cuando ocurre - y esto lo sabes bien porque habitas dentro mío, y de ningún modo fuera - oigo abrirse lentamente los portalones mohosos de mi más sincera y laberíntica intimidad. Suenan romos, pesadamente. Suenan como el arrastrar en un punto la cruz astillada contra un suelo de grava. Y sin embargo aquí van, las oyes, se abren. ¿Para qué? ¿Quién podría querer entrar? ¿Acaso no somos, yo y esto mío que los demás ven, la cosa más repugnante que posiblemente exista? Cierra las puertas, Virginia: se han equivocado los mayordomos, nadie nos acompañará esta noche, siquiera alguna otra.

Sé que estará leyendo esto, y que no lo estará entendiendo. Casi parecía hablar la lengua, este idioma. Pero era mentira. He teñido - como bien sé hacer - los sintagmas con los colores de mi intelecto. He inteligido daltónicas intenciones. 

Sospecho me creen fortaleza, Virginia. Bruñido metal, compacto artesonado. Creen que pueden descolgarse con sus largos cabos por mi fachada - verticales. Y que no pasará nada. Si se abren las puertas y no entran. Nadie los añora dentro, ¿verdad? No hay nadie en esta casa, sólo te estoy imaginando.

Sólo existe lo que yo quiero ver.

Ojalá una sola persona tuviera cuidado con sus palabras. Ojalá yo no confundiera el sonido de la amable y fugaz consideración con el tintineo de las arras y los valses. Me muerdo contra el labio la única pregunta que necesito hacer: ¿Podrías quererme a pesar de todos los desenlaces lógicos? Aunque sólo fuera por un rato. Bastaría con un rato.

Lo dijiste tú, Virginia.
Sólo esperaba un gesto tuyo para amarte.

Maldigo a los fuegos del Averno al que me metió en la cabeza que yo era mejor que absolutamente nadie. 

Mira cómo se desliza el tren, Virginia. Todo ha cambiado.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Kilimanjaro

He sentido temblar el aire y mutar el suelo cuando has entrado. He esperado a mirarte, fuera que mi corazón dimitiera de esta mortal empresa. Me has mirado, y todo ha vuelto a ser antiguo, iridiscente, concreto y correcto. Ha sido verte y he vuelto a creer en que hay luz esperando a bañar el destino de los hombres. Y con esto sólo quiero decir que al mirarte ha vuelto a entrar el sol en la vieja cáscara estancada que es mi cuerpo.

Besaría tus ojos, tus tobillos, el blando peso de tu carne, el dulce veneno de tu olor burdeos, tu esencia en Fa - aún no sé si mayor o menor - y hasta el lugar donde me has rozado por sopresa la mano con tu fría mano. Tanto ardor, todo este anhelo horrendo, y tú tan rica, tan viva en esta tierra de muertos. Y tus clavículas magníficas, más afiladas que el Teide, que el Tibet, que el Kilimanjaro.

Que enciendan la megafonía: se ha perdido en mi vida un amor de medio año, viste bañador celeste y chanclas y responde al nombre que aún no te he dado.

Burdeos. Te llamas Burdeos.

martes, 1 de marzo de 2016

Llevábamos los auriculares puestos.

- Te digo que no me lo esperaba de él.
- Yo tampoco, sinceramente.

La mesa sobre la que se han prodigado los platos y cubiertos del desayuno cojea ligeramente sobre el suelo de piezas geómetricas en hormigón prensado. Cojea cuando se posa la taza del café que la camarera ha derramado en el platillo, cojea cuando se unta la tostada de copiosa mantequilla allí y generoso tomate aquí, y cojea con los aspavientos iracundos de la madre - que es víctima de la irregularidad emocional de un mensajeador instantáneo - y lanza el móvil tajante para volverlo a recoger, una y otra vez, hasta que se cansa. Hasta que se cansan todos. La madre, la hija y la sobrina. 

Un bodeguero de seis meses araña la capucha del abrigo que cuelga sobre el respaldo de la silla, intentando llamar la atención de la sobrina. Los comensales en las mesas danzan, atracan y desembarcan, huyen y abandonan a su alrededor. Y ellas, queriendo percibir el apacible transcurrir del mundo y del sol sobre sus rostros, evitando que los fantasmas asciendan. No ha de haber maldades al mediodía, es forzoso y perentorio. 

En un momento quieto, la sobrina observa, y ve. A dos mesas de distancia atiende al desayuno una pintoresca agrupación: adultos que se intercambian de brazo a brazo un pequeño y dos lactantes, mientras desayunan, conversan y como ellas, disfrutan irremediablemente del tacto cálido del sol. No es difícil determinar su extranjería: por rasgos, maneras y carácter, han de ser británicos. Sálvese una, quizás, que deja caer los acentos en la oración de una manera tan particular y propia de esta penísula descastada en la que tenemos a bien de vivir, y que nos hace familiares entre nosotros en cualquier rincón del mundo. 

La sobrina abre bien el canal de los ojos para regalarse el sinestésico tacto de la blanca piel, del asible cabello, pálida rosez facial de una madre del grupo que acuna amorosamente a un pequeño bebé - quizás algo cabezón para dejarlo pasar sin más.  Embelesada, consciente, confiesa a su tía:

- Ese ha de ser todo el futuro que yo pudiera desear.

La tía, apelada, distrae la atención sobre el grupo. Asintiendo la belleza de la joven madre que aún observa su sobrina, no puede evitar fijarse en el joven que se sienta a la izquierda de ésta. Qué amables las facciones, mediterráneos los colores naturales de su estampa, siguiendo con dulces ojos agrietados al pequeño que revolotea en círculos alrededor de la mesa y juega con los animales de plástico más finamente fabricados nunca para el disfrute de un infante. Henry, el niño se llamaba Henry.

- Él también es adorable. 
- Sin duda.

Es en ese momento que la madre tiende el bebé a la mujer que tiene frente a ella - que lo acoge y abraza con equivalente ternura - y pasa a aupar al pequeño corredor en sus rodillas. El niño, contento, se arremolina en los brazos de la joven, y ella lo entretiene con canciones. La tía y la sobrina, todavía en silencio, de vez en vez posan de los ojos en el grupo vecino, descubriendo eventualmene que el joven de dulces ojos se ha unido a las canciones. Los tres alzan y zarandean las manos ejectuando la coreografía apropiada mientras ella canta y anima al niño, y el joven vocaliza con precisión pero sin sonido, acojiendo en su boca las palabras y asiendo los fonemas con el sordo cuidado del que reposa los labios sobre la caña de la flauta para ensayar después las posiciones digitales sin ánimo alguno de concebir música. 

Tía y sobrina coinciden en que seguramente sea la familia más idílica que han visto. La una se resiente por lo distantes que resultan esos pequeños actos de unidad en su pasado, la otra se duele por sospechar que jamás vivirá nada parecido. Y así se enfrascan en sus egoístas desdichas, cada una apesadumbrada por aquello que creen dotado a los demás pero negado para sí. 

El desayuno transcurre, y acaba. Se ojean los periódicos, desfilan los cachorros de perro, cambian las voces y cambian los rostros. Hasta la hora del reloj cambia sin que nadie haga por evitarlo. Y es el momento de marchar, o al menos debe serlo en Gran Bretaña, pues los familiares vecinos recogen el campamento y se disponen a dispersar sus caminos y esperanzas. Pero en el tiempo de darse los besos, los abrazos, las promesas de reencuentro y los buenos deseos algo llama la atención de la sobrina: lo que parecía un cúmulo de parejas, felices matrimonios comunes rayanos en el aburrimiento social, se redistribuyen ante los ojos escapistas del silencioso auditorio. Parten hacia el este la joven madre con el lactante en el carro y otra muchacha que le acaricia confiada la espalda antes de emprender el camino, y hacia el sur el dulce joven, que sostiene el andador del pequeño corredor mientras camina dos pasos por detrás de sus amigos, matrimonio de la mujer peninsular y el hombre insular, que se alejan con Harry en brazos y otro lactante dormido. 

Y de repente, todo parece distinto. Los jóvenes no eran en su conjunto, sino separadamente. Más aún, el uno era solo, y la otra indudablemente divergente. Y qué importaría esto a nadie más, si no fuera porque algo quiso revivir en un rincón de la risa de la tía y de la sobrina que descreídas de sus fugaces amores habían renunciado incluso a la esperanza de convivir con ellos en un plano puramente simbólico e intimísimo - esperanza que no confesarían a nadie directamente - y que sin embargo ahora veían abierta la puerta a sus cavilaciones itinerantes. De repente la aislada soledad que habían compartido parecía más fresca, más abierta, dotada de ventanas y de arcos para el paso, y vieron alejarse con la indudable curiosidad hospedada en el centro mismo de cada una a su fugazmente amado, aprehendiendo contra el pecho los pocos detalles que aún podían retener, tesoros olvidados que aquellos dos ciudadanos habían dejado atrás y que sería lo que finalmente prevalecerían a todo el vodevil matinal: el sonido imperceptible del roce digital contra el rubio y láguido cabello en reordenación,  el final accidentado de la amplia patilla oscura, el terso y pálido labio superior, el corte distópico de la gabardina negra, la finísima octava de la voz afectuosa y la mirada, la última mirada sobre el hombro del dulce joven antes de marchar, con amplios pasos, para seguir a sus amigos hasta perderse entre los edificios bajos de la calle Trajano.