miércoles, 2 de marzo de 2016

Kilimanjaro

He sentido temblar el aire y mutar el suelo cuando has entrado. He esperado a mirarte, fuera que mi corazón dimitiera de esta mortal empresa. Me has mirado, y todo ha vuelto a ser antiguo, iridiscente, concreto y correcto. Ha sido verte y he vuelto a creer en que hay luz esperando a bañar el destino de los hombres. Y con esto sólo quiero decir que al mirarte ha vuelto a entrar el sol en la vieja cáscara estancada que es mi cuerpo.

Besaría tus ojos, tus tobillos, el blando peso de tu carne, el dulce veneno de tu olor burdeos, tu esencia en Fa - aún no sé si mayor o menor - y hasta el lugar donde me has rozado por sopresa la mano con tu fría mano. Tanto ardor, todo este anhelo horrendo, y tú tan rica, tan viva en esta tierra de muertos. Y tus clavículas magníficas, más afiladas que el Teide, que el Tibet, que el Kilimanjaro.

Que enciendan la megafonía: se ha perdido en mi vida un amor de medio año, viste bañador celeste y chanclas y responde al nombre que aún no te he dado.

Burdeos. Te llamas Burdeos.

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