domingo, 6 de marzo de 2016

- ¡Mirad! Abajo, en el valle. Hogueras.

La patrulla entera se encaramó rápidamente a la torre del vigía. Observaron en jubiloso silencio las tres, cuatro resplandecientes llamas que partían la oscura noche en la explanada hundida.

-¿No dijeron los últimos que nadie había sobrevivido?
- Parece obvio que se equivocaron.
- Lo han conseguido. - dijo el último, protegiéndose el rostro del frío viento con el cuello de la chaqueta. Debajo de la tela sonreía.
- Encendamos las antorchas en señal de simpatía.

Cuando las cuatro estacas de la torre ardían ya pudieron los hombres notar que abajo los grupos en torno a las hogueras se levantaban, expectantes ante la señal y lo que pudiera acarrear consigo.

- Han superado el ataque de los bárbaros. Quizás se escondieron en las montañas del norte.
- ¿No lo veis? Allí. Es el poeta. No contaba con volver a verle.
- Despertemos a los refugiados del castillo. Vuelven a tener hogar, su pueblo prevalece.
- Quietos. Dejémosles descansar. Mañana el tiempo del dolor parecerá corto, y será el momento de la esperanza. Pero deben estar descansados para poder acogerla de nuevo.

Junto al poeta, en la fogata, una mujer. Nadie la conocía - hablan de que viajaba al menos desde los campos rocosos del oeste -, pero él había vuelto a escribir los viejos versos, las historias del pueblo, las canciones sobre el exterminio. Sólo al oír sus voces conjuntas los agazapados abandonaron las cavidades de la montaña.

El valle volvía a la vida, y hasta la fría noche parecía amable.

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