jueves, 20 de octubre de 2016

20-de-octubre-de-2016

Las ciudades. Allí habitaban todos esos hombres y mujeres. Aún si buscara, si quisiera encontrarlos, no tendría más que ir allí. No es un camino fácil, pero la recompensa sería valedora del sudor, y de la sangre. 

Un conglomerado de pequeñas luces apretadas contra el filo de la noche oscura: en ríos, y costas, a imagen y semajanza de los mundos que sólo son cognoscibles en la altura del halcón, de la cigüeña con su candor doméstico. Viviendo sin saber que viven, caminan y respiran los hombres y las mujeres que conoció - tantos que no hay papel para escribir sus nombres, ni pluma que se enfrente al reto. A veces los que se reconocen de la superficie cohabitan, se sinceran para desprenderse de sus más cultivadas anomalías, y quizás vuelven a verse una o dos veces antes de seguir con la nueva vida que allí han construido: pasan eones antes de que sea posible encontrarse en las ciudades del alma.

Y allí, quizás, vives sin pena ni gloria, vestida de democrática equidistanacia, aún con las ropas y los olores que te conoció. Quizás paseas en los parques, quizás conversas en los rellanos y ríes, quizás, como lo solías hacer.

Cuánto amor, en las ciudades del alma. Las habita, como la neblina de la madrugada, pero sólo visible bajo el cristal cifrado. Un nacimiento y toda la gloria y el desencanto. Y este día, este año, todos los años.

En la ciudad que te ha tocado, donde te ve sin mirarte, y quizás ríes, como solías hacer.

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