martes, 29 de noviembre de 2016

Un lugar deshabitado

Me preguntaba, al mirarla, de dónde provenía exactamente el poder que tenía sobre mí. Había un principio del camino en algún punto de mi propio centro, el nacimiento de un río que luego arrastraría piedras y pequeños mamíferos a su paso según yo lo permitiera.

En esta búsqueda me encontraba cuando me descubrí queriendo salir corriendo, abandonar la asfixiante habitación invadida por su presencia y salir a buscar un trozo cúbico de aire que me envolviera y que expulsara la idea de ella de cualquier rincón, de todos los lugares. ¿Qué hubiera ganado con algo así? Entendí que su victoria residía en que ella era perfectamente capaz de abandonar aquella habitación sin mirar atrás, sin considerar siquiera en qué lugar me dejaría a mí eso. Sin mirar, sin mirarme, siempre. Ella tenía en la mano la libertad y yo en el corazón su ausencia. Su ausencia constante de los lugares incluso cuando los habitaba de su evasión ininterrumpida, y es que su mente ni estaba ni podría estar nunca conmigo. 

Y yo, perdiendo una batalla que no quería luchar, huyendo por los pasillos de mi cuerpo, acompañándola con cada idea como el tambor dorado de un enorme piano automático que compone una canción tosca para un público ausente. 


Nadie contará nuestra historia. 



Y marché sin pensar en ella, y a la vuelta su asiento vacío y los restos de nuestra historia esparcidos sobre el cuaderno.

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