sábado, 30 de enero de 2016

Un andén pulido, y el caballero.

La sala permanecía completamente en silencio. Apenas la narrativa natural del juicio más esperado del año se había detenido en seco: aquel lord antaño intachable se erguía dentro del cubículo de las declaraciones mientras la densidad del aire aumentaba esperando la respuesta del apelado por las preguntas de la acusación.

Así se habían dado los hechos: una pareja de jóvenes cruzaba el andén cuatro de Victoria Station cuando de la multitud surgió el caballero, que ante la sorpresa de todos, rompe la nariz de un derechazo a la joven de aguileñas facciones. Ésta cae al suelo y pronto se encuentra cubierta de sangre, pese a la poco útil asistencia de su amiga presa de la alarma. El caballero - habiendo recuperado la compostura - continúa su camino por el andén, toma el primer tren a Brighton y se pierde el fabuloso espectáculo que tiñe de bermellón los suelos pulidos de la estación. 
Una semana más tarde había recbidido en su casa la denuncia,  y medio mes bastó para reunir a todo el curioso Londres ante las puertas y entre las banquetas del juzgado. El caballero compareció sin defensa u oposición.

La pregunta de la acusación no hacía más que poner sobre el tablero la inquietud que todos compartían: ¿Por qué?. Al fin el lord se decididó a responder.

             He hecho grandes cosas por los habitantes de esta ciudad. Algunas se me han agradecido, otras tantas reconocido, cuántas no tanto. He luchado, salvado, asistido, he sido gentil. Pese a todo, una vez se me infligió una herida que no ha dejado nunca de supurar pestilentes fluidos, y nadie quiso verlo o resarcirme por el daño. Optaron ustedes por ridiculizarlo, menospreciar la deuda para con mi honor. 

Mira a los ojos de la de aguileñas facciones hematómicas, sentada donde la acusación. Ésta vuelve el rostro, pero desde todos los lugares hay ojos que se ciernen sobre ella interrogantes. 

          Si les soy sincero no pretencía hacer lo que hice hasta el momento mismo en que la vi. Fue fruto del casual encuentro. Ha pasado . Y sepan bien ustedes que no van a condenarme por la vileza de mis actos: van a castigarme por la única vez que he puesto mi causa personal por encima del bien mayor. El bien mayor a ustedes de recibir. Lo consideré y tomé mi decisión. Vi cómo iba acercándose a mí dos minutos enteros antes de que nos cruzáramos. Lo relevante es que ustedes debieron tomarme por un dios o un santo, o un idiota. Adelante, sacien su lujuria con el sonido de mi caída. 

No volvió a decir nada más mientras lo sacaban de la sala. Los periódicos lo tacharon de vanidoso, imprudente y violento: un peligro para la ciudad. Sólo él y la víctima sabían en qué había consistido la afrenta a la que había hecho alusión.

Pese a todo, lo que peor llevó Londres fue recordar que era humano. Y solo allí donde lo creían idiota ha sobrevivido la sombra del respeto. En el margen del sistema.