martes, 1 de marzo de 2016

Llevábamos los auriculares puestos.

- Te digo que no me lo esperaba de él.
- Yo tampoco, sinceramente.

La mesa sobre la que se han prodigado los platos y cubiertos del desayuno cojea ligeramente sobre el suelo de piezas geómetricas en hormigón prensado. Cojea cuando se posa la taza del café que la camarera ha derramado en el platillo, cojea cuando se unta la tostada de copiosa mantequilla allí y generoso tomate aquí, y cojea con los aspavientos iracundos de la madre - que es víctima de la irregularidad emocional de un mensajeador instantáneo - y lanza el móvil tajante para volverlo a recoger, una y otra vez, hasta que se cansa. Hasta que se cansan todos. La madre, la hija y la sobrina. 

Un bodeguero de seis meses araña la capucha del abrigo que cuelga sobre el respaldo de la silla, intentando llamar la atención de la sobrina. Los comensales en las mesas danzan, atracan y desembarcan, huyen y abandonan a su alrededor. Y ellas, queriendo percibir el apacible transcurrir del mundo y del sol sobre sus rostros, evitando que los fantasmas asciendan. No ha de haber maldades al mediodía, es forzoso y perentorio. 

En un momento quieto, la sobrina observa, y ve. A dos mesas de distancia atiende al desayuno una pintoresca agrupación: adultos que se intercambian de brazo a brazo un pequeño y dos lactantes, mientras desayunan, conversan y como ellas, disfrutan irremediablemente del tacto cálido del sol. No es difícil determinar su extranjería: por rasgos, maneras y carácter, han de ser británicos. Sálvese una, quizás, que deja caer los acentos en la oración de una manera tan particular y propia de esta penísula descastada en la que tenemos a bien de vivir, y que nos hace familiares entre nosotros en cualquier rincón del mundo. 

La sobrina abre bien el canal de los ojos para regalarse el sinestésico tacto de la blanca piel, del asible cabello, pálida rosez facial de una madre del grupo que acuna amorosamente a un pequeño bebé - quizás algo cabezón para dejarlo pasar sin más.  Embelesada, consciente, confiesa a su tía:

- Ese ha de ser todo el futuro que yo pudiera desear.

La tía, apelada, distrae la atención sobre el grupo. Asintiendo la belleza de la joven madre que aún observa su sobrina, no puede evitar fijarse en el joven que se sienta a la izquierda de ésta. Qué amables las facciones, mediterráneos los colores naturales de su estampa, siguiendo con dulces ojos agrietados al pequeño que revolotea en círculos alrededor de la mesa y juega con los animales de plástico más finamente fabricados nunca para el disfrute de un infante. Henry, el niño se llamaba Henry.

- Él también es adorable. 
- Sin duda.

Es en ese momento que la madre tiende el bebé a la mujer que tiene frente a ella - que lo acoge y abraza con equivalente ternura - y pasa a aupar al pequeño corredor en sus rodillas. El niño, contento, se arremolina en los brazos de la joven, y ella lo entretiene con canciones. La tía y la sobrina, todavía en silencio, de vez en vez posan de los ojos en el grupo vecino, descubriendo eventualmene que el joven de dulces ojos se ha unido a las canciones. Los tres alzan y zarandean las manos ejectuando la coreografía apropiada mientras ella canta y anima al niño, y el joven vocaliza con precisión pero sin sonido, acojiendo en su boca las palabras y asiendo los fonemas con el sordo cuidado del que reposa los labios sobre la caña de la flauta para ensayar después las posiciones digitales sin ánimo alguno de concebir música. 

Tía y sobrina coinciden en que seguramente sea la familia más idílica que han visto. La una se resiente por lo distantes que resultan esos pequeños actos de unidad en su pasado, la otra se duele por sospechar que jamás vivirá nada parecido. Y así se enfrascan en sus egoístas desdichas, cada una apesadumbrada por aquello que creen dotado a los demás pero negado para sí. 

El desayuno transcurre, y acaba. Se ojean los periódicos, desfilan los cachorros de perro, cambian las voces y cambian los rostros. Hasta la hora del reloj cambia sin que nadie haga por evitarlo. Y es el momento de marchar, o al menos debe serlo en Gran Bretaña, pues los familiares vecinos recogen el campamento y se disponen a dispersar sus caminos y esperanzas. Pero en el tiempo de darse los besos, los abrazos, las promesas de reencuentro y los buenos deseos algo llama la atención de la sobrina: lo que parecía un cúmulo de parejas, felices matrimonios comunes rayanos en el aburrimiento social, se redistribuyen ante los ojos escapistas del silencioso auditorio. Parten hacia el este la joven madre con el lactante en el carro y otra muchacha que le acaricia confiada la espalda antes de emprender el camino, y hacia el sur el dulce joven, que sostiene el andador del pequeño corredor mientras camina dos pasos por detrás de sus amigos, matrimonio de la mujer peninsular y el hombre insular, que se alejan con Harry en brazos y otro lactante dormido. 

Y de repente, todo parece distinto. Los jóvenes no eran en su conjunto, sino separadamente. Más aún, el uno era solo, y la otra indudablemente divergente. Y qué importaría esto a nadie más, si no fuera porque algo quiso revivir en un rincón de la risa de la tía y de la sobrina que descreídas de sus fugaces amores habían renunciado incluso a la esperanza de convivir con ellos en un plano puramente simbólico e intimísimo - esperanza que no confesarían a nadie directamente - y que sin embargo ahora veían abierta la puerta a sus cavilaciones itinerantes. De repente la aislada soledad que habían compartido parecía más fresca, más abierta, dotada de ventanas y de arcos para el paso, y vieron alejarse con la indudable curiosidad hospedada en el centro mismo de cada una a su fugazmente amado, aprehendiendo contra el pecho los pocos detalles que aún podían retener, tesoros olvidados que aquellos dos ciudadanos habían dejado atrás y que sería lo que finalmente prevalecerían a todo el vodevil matinal: el sonido imperceptible del roce digital contra el rubio y láguido cabello en reordenación,  el final accidentado de la amplia patilla oscura, el terso y pálido labio superior, el corte distópico de la gabardina negra, la finísima octava de la voz afectuosa y la mirada, la última mirada sobre el hombro del dulce joven antes de marchar, con amplios pasos, para seguir a sus amigos hasta perderse entre los edificios bajos de la calle Trajano.