viernes, 4 de marzo de 2016

Que bastara para entretenerte.

Zumbido ahogado. Raíl, metal, giros cerrados. El túnel.

¿Qué ocurriría si rompiera a llorar en este instante? En este vagón, este mismo tren. Elucubro sobre si una sola persona me preguntaría por lo que ocurre. Me pregunto si yo sabría responderle. La sombra de la locura es una mancha azul constante sobre la frente sucia y el ojo derecho. Sé que todos pueden verlo.

¿Ves, Virginia? Mira la hierba, los matojos altos y los insectos de la tarde. Mira este vagón ahora, oscuro, tan lejos del naranjal que cruzamos hace cuatro horas. Te imagino aquí, y siempre te imagino muerta de frío arremolinada en tu casto abrigo de franela. Estamos tú, y yo, y esto es la vida, Virginia. La cuestión entre estar muerto y estar vivo en realidad presenta una faz esquiva. La diferencia reside entre ser amado o vivir tras la barrera de cristal. 

Qué difícil es, pero cuando ocurre - y esto lo sabes bien porque habitas dentro mío, y de ningún modo fuera - oigo abrirse lentamente los portalones mohosos de mi más sincera y laberíntica intimidad. Suenan romos, pesadamente. Suenan como el arrastrar en un punto la cruz astillada contra un suelo de grava. Y sin embargo aquí van, las oyes, se abren. ¿Para qué? ¿Quién podría querer entrar? ¿Acaso no somos, yo y esto mío que los demás ven, la cosa más repugnante que posiblemente exista? Cierra las puertas, Virginia: se han equivocado los mayordomos, nadie nos acompañará esta noche, siquiera alguna otra.

Sé que estará leyendo esto, y que no lo estará entendiendo. Casi parecía hablar la lengua, este idioma. Pero era mentira. He teñido - como bien sé hacer - los sintagmas con los colores de mi intelecto. He inteligido daltónicas intenciones. 

Sospecho me creen fortaleza, Virginia. Bruñido metal, compacto artesonado. Creen que pueden descolgarse con sus largos cabos por mi fachada - verticales. Y que no pasará nada. Si se abren las puertas y no entran. Nadie los añora dentro, ¿verdad? No hay nadie en esta casa, sólo te estoy imaginando.

Sólo existe lo que yo quiero ver.

Ojalá una sola persona tuviera cuidado con sus palabras. Ojalá yo no confundiera el sonido de la amable y fugaz consideración con el tintineo de las arras y los valses. Me muerdo contra el labio la única pregunta que necesito hacer: ¿Podrías quererme a pesar de todos los desenlaces lógicos? Aunque sólo fuera por un rato. Bastaría con un rato.

Lo dijiste tú, Virginia.
Sólo esperaba un gesto tuyo para amarte.

Maldigo a los fuegos del Averno al que me metió en la cabeza que yo era mejor que absolutamente nadie. 

Mira cómo se desliza el tren, Virginia. Todo ha cambiado.