miércoles, 9 de marzo de 2016




¿Qué te pido?
¿Qué te pido en prenda de tu amor, si te amo libre, te quiero libre, te necesito libre?
Te quiero pura de mí. He de encontrar la manera
de acercarme sin infectarte.



¿Has pensado en que quizás ella te necesita más de lo que tú la necesitas a ella?

Su piel sabía diferente. Era más áspera, más amarga de lo que había imaginado. Quizás, con un menor tiempo de macerado, la otrora degustada piel de sus sueños vívidos no se hubiera endulzado de esa manera. Cuántos meses habían pasado desde el día en que se conocieron. Cuántas idas y venidas en el espectro emocional, jugando sin gravedad con el tiempo, el espacio entre los cuerpos y la voluntad.

Voluntad.

Llegado el día, la noche, el beso sin importancia, apenas la historia que venían escribiendo conjuntamente cambió de frecuencia. Parecía tan natural que el júbilo se quedó atravesado en el marco de la puerta.

Sí que había acertado con el ritmo, con la torpeza y la fluidez en alternancia, con las barreras que ella interpondría y el débería derribar. Debería destruir cada ladrillo de negación y odio con la única ayuda de las manos de su amor. Y lo hizo. Con martilleante tesón, primero advinieron las aperturas físicas y previsibles que dejaron paso a las complejas transiciones, la operación orgánica del ejercicio íntimo.

El clímax era inevitable. Cualquier otro desenlace hubiera supuesto el horror, profunda decepción espiritual, el fallo estanco e inamovible de la última salida de emergencias. Pero cuando llegó fue mucho peor de lo que hubiera podido atreverse a imaginar. 

Su rostro - abandonado de toda identidad hasta hacía unos segundos - se contrajo, se desquebrajó como si alguien hubiera enterrado el sol debajo de hectáreas de campos de arcilla y los trozos se precipitaron hacia la oscura e insondable cavidad de su espíritu atormentado. En un instante, su rostro fue el rostro más triste de la tierra. Y él decidió besarla y absorber toda esa tristeza, intentando trasbasarla de cuerpo a cuerpo acompañándola, asiéndola, volviéndose de la misma materia esencial que ella.

Ella volvió a emerger de su propio rostro. Apartó el labio de su labio, el deseo del deseo. En silencio, recuperaron el mundo. Pero el mundo era un lugar frío, la decepción había ganado, y ella seguía perdida y él, él ahora era un poco más hondo, estaba un poco más perdido, algo más cansado. 



Cuando ella se marchó, él no la miraba y el júbilo seguía atravesado en el marco de la puerta.