domingo, 13 de marzo de 2016

28 horas

En mitad de la acera, frente a la puerta de hierro: un banco de piedra. Sobre él, la chica y las horas que han pasado. Los pies de la chica cuelgan sin tocar el suelo balanceándose rítmicamente. A un extremo de la calle, la densa niebla no deja ver nada. Al otro, una hilera de casas de fachada verde bosque, y a lo lejos - superada la pendiente en descenso - el mar.

De la bruma surje ella con paso firme y mirada atenta. Se acerca al banco, al tiempo que la chica nota su presencia. La mira.

- Al final has venido. 
- No sé muy bien por qué, pero sí. 

Dime que por mí. Eso pensó.

- Siéntate, por favor.

Ella se sentó junto a la chica. Observaron durante unos minutos la enorme reja que tenían delante, que las separaba de una superficie boscosa y sombreada. Ella no profirió palabra, la chica recapacitó serenamente lo que iba a hacer, pero sin dejar de disfrutar de ese lugar exacto que tanto tiempo había guardado para sí. Aquel lugar en el banco de piedra delante de la puerta.

- ¿Es lo que esperabas? - dijo la chica.
- Es hermoso. Raro, pero hermoso. 
- He cuidado de que fuera un buen lugar. Único. Cuando lo pises, no estarás pisando una extensión de todos los otros lugares que has pisado. Estaremos aquí, sólo aquí. Estará todo a tu disposición. ¿Puedes verlo? Allí, a la izquierda. Un mirlo negro tamborilea con el pico la corteza. Debe de estar buscando algo. He rescatado cada cosa que encontrarás aquí con mis propias manos. Pero puedes tenerlo todo, supongo. O tan solo pasear. Puedes pasar. No sé por qué tú precisamente, pero estamos aquí, y puedes pasar. 
- ¿No tienes miedo?
- Lo tengo. 
- ¿Y por qué estamos aquí?
- Porque sólo existe hoy.

Ella se levantó, se acercó a la puerta y la empujó para abrirla. Nada se movió. Ella se volvió contrariada hacia la chica. - Pero está cerrada. 
- Otros antes se la dejaron abierta. - Y se levantó, apoyó las palmas de las manos en ambas hojas de la puerta y empujó. Se movieron suavemente, sin chirriar, sin descolgarse. - Vaya, pensaba que nos costaría más.
- De nuevo, ¿por qué yo?
- No lo sé. Lo averiguaremos, supongo. Esto - señaló hacia el inmenso parque que se abría ante ellas, empezando por el camino de guijarros que comenzaba justo debajo de sus pies - está justo aquí, esperando. Los naranjales, los cerezos en flor, los bancos de arena, las aguas sucias y limpias, y el arrozal del norte. Las madrigueras, el bosque, la cabaña y el fuerte de roca. Y todos los retratos, todos los rostros sobre la madera, junto a las librerías. Pero probablemente debería dejar de hablar ya. Hablo siempre demasiado. Seguramente quieras que me calle.
- No está mal hablar. Es un buen comienzo. - Y perdiendo la mirada entre los árboles y la atención entre el murmullo calmo del entorno, tomó de la mano a la chica. Ésta se miró la mano dentro de la de ella durante diez segundos, y al que hizo once y contra todo pronóstico,
nada
había
ardido.
- Es un buen comienzo. 

Había un agapornis blanco de cola azul cielo en la rama sobre sus cabezas. Las miró. Reconocía los nuevos olores, los nuevos sonidos. El lugar había pasado cerrado mucho tiempo. El lugar respiraba de nuevo, colmado de una actividad latente, esperando ansioso el juego, la aventura, posiblemente la lluvia y el viento de levante con su arenoso resquemor. Pero la puerta se había abierto, y era todo lo que tenían ahora. Mejor eso que la oscuridad. Aunque no lo entendieran del todo bien. El lugar respiraba, y le encantaban esas viejas frases que otros habían dicho tiempo atrás y que aún encontraban la oportunidad de ser repetidas sin perder una pizca de significado, y abrigando otros nuevos que dotaban de color a las voces. El lugar respiraba, suspiraba y el tiempo de las canciones había llegado. Pero al fondo, mucho más allá de la verja, como no podía ser de otra manera: las olas rompían en la orilla.