jueves, 24 de marzo de 2016

24 de marzo 2016

El nombre de uno es sin duda alguna
el sonido más dulce
y más doloroso
que puede escucharse
cualquiera el contexto
cualquiera la boca
cualquiera el momento.



Pero dilo tú,
dilo tú.

Laura Estrada Márquez

Descenso

La película ya había empezado. Debía de ser el único cine de la ciudad que aún no había tomado como costumbre poner quince minutos de publicidad antes de comenzar la película programada. A menudo esos minutos salvaban la tarde de los rezagados que se hubieran perdido de camino a los baños o que venían de intercambiar no demasiado elegantes palabras con el de las palomitas. El pelirrojo. Ese. Qué ser tan horriblemente maleducado.

La película había empezado, pero algo no iba bien en la sala. Había murmullos saltando entre las filas, revoloteando entre las hebras recias de los sillones azules manchados y aseados una y otra vez con refresco y agua enjabonada, refresco y agua enjabonada, refresco y agua enjabonada. Mejor ni hablamos de qué otras cosas se derramaban sobre los asientos entre las fases de esta cadena de procesos. 

En mitad de la escalera había una persona tumbada - no muy cómodamente, pues todos sabemos que las escaleras no admiten más de tres disposiciones corporales para su disfrute, y aquella no era una de ellas ni por asomo. Uno de los escalones se clavaba en su cogote, el otro en mitad de su espalda, el otro soportaba el cóncavo espacio de las corvas que sostenían lo que quedaba de su cárnica identidad hasta el final del cuerpo. Hasta el suelo. Parecía atravesar alguna suerte de trance: elevaba las manos intentando sumergirlas en los haces de luz que parcialmente definían las sombras e iluminaciones de la pantalla sin llegar a conseguirlo; alzaba la cabeza y la alejaba de la pantalla e inconscientemente miraba directamente los rostros iluminados de los espectadores esperando encontrar alguna señal de epifanía, de redención, de amor o de profundo disgusto. 

Le pareció tan extraordinario encontrarse a aquel ser humano allí mismo - en un espacio donde los seres humanos tienen comúnmente prohibido permanecer por largo rato - que no encontró fuerzas para romper su atmósfera de satisfacción con sus indecorosos pasos. La observó desde abajo, y poco a poco, comenzó a mirar hacia donde ella miraba con la fascinación contagida de la suya que se apoderó de su cuerpo, y poco a poco comprendió el motu de aquella yaciente mujer: pudo percibir las historias que permanecían inmóviles desperdigados en las plazas a ocupar en la sala, las existencias despojadas de aquellas personas que se reunían a oscuras en secreto convenio para olvidar de alguna manera y ser - epifanía sensorial superior teñida de cotidianidad - otros seres en otras épocas y con otros conflictos que rivalizarían con los suyos. Sus dramáticos entuertos perderían peso gracias al mágico proceso. 

Pero la mujer yacente entorpecía este tribal contrato. Ella allí, con su impúdica fascinación por todos los elementos físicos y no físicos involucrados en el proceso, les recordaba sus feas caras, sus feas preocupaciones, su fea incapacidad para existir plenamente y mostrar orgullo por aquello que consideraban bello, y repulsa por lo que consideraban negable. Tanto es así que ni siquiera mostraban su desacuerdo con la actitud de la muchacha sino quedamente, con falsa cortesía y cauterizada energía. 

La mujer se levantó en mitad de esa muchedumbre ronroneante de descontento. Al bajar las escaleras la vio a ella, le tocó el hombro cuando alcanzó su posición y mirándola a los ojos de alguna manera supo exactamente qué pregunta venía enroscándose en las tensas cuerdas que sujetaban su vida, qué debate traía consigo misma de forma que a menudo provocaba ansiedades y ausencias en sí, y al mirarla y tocarla compartió la pregunta con ella y se la devolvió dotada de vocablo y reverberación: 

¿Qué es el amor?
Y en todo caso, ¿es esto amor?

Y se marchó.

Y los rollos seguían danzando dispuestos a ser iluminados durante la proyección, mientras que en la pantalla hombres y mujeres fotosensibles divagaban sobre cosas que no tenían nada que ver con ella pero que pronto arrastraron como la marea o el cauce renovado de un río sin nombre la pregunta que la mujer había vociferado, y a la mujer, al mundo de ahí fuera y los sonidos o colores externos, para dejarla pura y límpida de nuevo durante dos horas en un estado que acaso es el más cercano a la muerte de uno en favor del todo que pueda experimentarse en esta tierra azarosa. Así fue, sin nada más.