viernes, 25 de marzo de 2016

Una extremidad germinada

Si tuviera que definirlo de alguna manera, seguramente diría que cuando él llegó se llenaron todos los espacios: no sólo esos que desesperadamente necesitaban volver a ser habitados - por alguien bueno, puestos a desear -, sino también algunos de aquellos a los que jamás había prestado atención.

De repente heredó por lealtad una posición en algunos de los debates más insólitos, campos de la realidad en los que nunca se había tomado la necesidad de pensar por estar demasiado lejos de todo aquello que acontecía en su pequeña y singular vida. Al momento tenía un equipo de balonmano nuevo, había canciones que debía detestar, géneros enteros de la literatura que ahora le parecían más simpáticos por el mero hecho de que para él eran especialmente apasionantes; los lugares que antes no tenían color, nombre o forma ahora brillaban de un modo emocionante: intentaba verlo con los ojos nuevos y se preguntaba cómo era que no había visto todo aquello antes, y notaba cómo su alma se expandía poco a poco como un globo de agua que alcanza el cenit de su hinchazón o como aquél que puede ver sin creerlo que le está germinando una extremidad nueva del torso mismo; y comenzó a sentirse más rico, pero también más concreto, más exacto, más delimitado por las nuevas palabras y conceptos, como quien pudiera ser testigo de la construcción de la historia que los demás contarán a su muerte. Como si pudiera atreverse a ser colmadadamente feliz con ello.