martes, 5 de abril de 2016

Hoy he visto a una señora.

Caminaba por la calle cuando al detenerme en ese semáforo confuso del Parlamento una señora ha llegado hasta mi lado sin subirse a la acera. Empujaba un carrito como de niño de cinco años, y en el asiento en vez de niño había un estuche de colegio y un brick de zumo azul celeste. De las manillas del carro colgaban dos bolsas blancas, habiendo en una dos piezas de pan. En el receptáculo bajo el asiento, una botella de cristal llena de agua. En la mano derecha de la señora - apretado contra el mango gomoso del carro - un bolígrafo negro, como quien en pleno acto de escritura recuerda que tiene una cita en no sé qué lugar y sale corriendo olvidando que aun sostiene el utensilio como si fuera ya parte natural de su propia mano.

La señora de semblante neutro caminaba algo encorvada y tenía la tez morena; portaba apretadas gafas, un pañuelo de algodón violeta cubriéndole la espalda y unas sandalias de cuña que guardaban sus oscuros pies. Y en ningún momento me miró del todo, así iba decidida y ajena hacia la otra orilla de la carretera. Yo la he visto y me he preguntado si vendría acaso de escribir algo. Algún ejercicio o algún texto, el combate frente al silencioso olvido que convierte los bolígrafos inocuos en espadas, y que hace necesarios los suministros así como los elementos para su cómodo transporte - agua, zumo y pan, en un carro para un niño como de cinco años.

Quizás deseé verme así hacia el final de esta aciaga vida: sin mejor cultura que la del oficio, sin mayor honra que el empeño de haber intentado ganar una y otra vez a la muerte iletrada. Centrada, finita y real. Asible, de forma que alguna joven en mitad del mundo me viera plentamente y me salvara a mí en inconsciente pago. 


¿Qué significa existir?
                     Hoy he visto a una señora.