martes, 26 de abril de 2016

Will you be there the day I leave?

- El ataúd es demasiado pequeño. Si no llega a estar muerta os la cargáis del agobio.
- Da igual, si no va a aguantar entero más de veinte minutos ahí dentro.

El horno crematorio producía un zumbido constante que al cabo de unos minutos pasaba al umbral remoto de la consciencia, pero seguía sin duda contribuyendo a hacer aquella situación incómoda, impersonal y casi industrializada. Bueno, obviemos el casi.

- ¿Y a ti qué te ocurre?
- Sabes que no quería que fuera así. Hemos hecho lo más cómodo para nosotros.
- Cariño, no decía en serio de lo de la pira funeraria amazona. Ya sabes como era, no nos hubiera dejado montar una fogata en el patio para llenarlo todo de pinochas y maderitas.
- No podemos saberlo.

De fondo aún se escucha el vídeo que la muerta había preparado para su propio velatorio. Se había grabado durante dos horas maltocando instrumentos y leyendo pasajes deprimentes de diferentes libros para amenizar la ocasión. Una mujer de espectáculo, definitivamente. La prima, que había cogido el toro por los cuernos hasta meterlo de nuevo en el chiquero, seguía caminando aquí y allá por la sala resolviendo los posibles desarreglos y malestares que encontraba a su paso cuando se dio cuenta de que el macabro vídeo seguía sonando. Cruzó hasta la salita para apagarlo de una maldita vez. Y se la encontró allí sentada, mirando sin pestañear el vídeo, tanta la concentración de la que hacía gala. No la había visto en veinte años - los mismos que hacía que la muerta y ella habían dejado de amarse.

- Es momento de acabar con este circo. ¿Te importa?
- No, supongo.
- Cuánto tiempo.
- Me extraña que me recuerdes.
- A mí me extraña que hayas olvidado lo que fuiste. Además, no se me escapa nadie que haya comido en mi casa. - La prima se sienta en la butaca contigua. - ¿Qué estás pensando?
- Que creía que no se moriría nunca.
- Pues con la de veces que lo repetía, aquí y allá, no me explico cómo. Cada día debía ser el último, ¿no era eso?
- Supongo.
- La viuda está dentro. ¿Quieres saludar?
- Nunca nos presentaron. Sería incómodo.
- ¿No vas a dejar de hacer eso ni ahora que por fin está muerta?
- ¿Hacer el qué?
- Lo que es mejor para ti, en vez de lo que ella hubiera querido.
- ¿Qué sabes tú de lo que yo hago o hacía?
- Créeme. Todos lo vimos.
- Las cosas han cambiado.
- Pero tú sigues igual. Con todo lo que arriesgó para ayudarte a ser un poquito más feliz.

Se levanta, el fantasma del amor juvenil, y encara la puerta. - No sabes de lo que hablas. No tienes ni idea de quién soy yo; me estás insultando sin sentido. Me voy: no hago nada aquí.
- Vuelves a hacerlo.
- ¡¿Qué hago?!
- Huir. Has huido siempre, hasta que el punto y final lo pusiera ella. Bueno, ella, tú me entiendes. 
- ¿Y qué propones que haga?
- Siéntate aquí y recuérdala un rato. Es lo que siempre quiso de nosotros. Sabes que era un poco morbosa para ciertos temas.

Se sienta de nuevo. 

- Morbosa es la última palabra que yo usaría. 
- Menos mal que tus palabras y las mías valen lo mismo.
- Más o menos. Estás siendo especialmente considerada coonmigo.
- Lo sé.


- ¿Qué mierda vamos a hacer sin ella? 
- Bueno, podríamos empezar a asumir que ahora hay un nuevo motón de cosas huérfanas que tendremos que aprender a hacer nosotros solos.
- ¿Cuántas crees que serán?
- Pues 
  seguramente 
  demasiadas.