viernes, 12 de agosto de 2016

12 de agosto. 12 de agosto. 12 de agosto.

- Escribo esto aún con los sentidos encarnados y el corazón compungido, pues me mueve sólo la voluntad de relatar la verdad. - Esto decía, al empezar la página. Seguía. - Quiero que sepas que esta noche he soñado intensamente, y llegado a un recodo del curso del sueño he sido plenamente consciente de que onírica era la naturaleza de mis emociones - y así con todo, he decidido seguir soñando. Ahora te relataré por qué.

Comenzó la tarde en una casa habitada por seres que no eran. Estaba allí mi padre, que jamás ha estado en esa casa en concreto, pues la habitaba su hermano antes de marcharse. Yo quería salir a hacer unas compras, y él me encargaba otras tantas; yo bufaba por el peso a cargar y él eludía mis bufas. Iba. Y en el camino al supermercado alguien me asaltaba en una esquina: dos jóvenes me agarraban e intentaban quedarse con todo lo que yo tenía. En un primer momento he salido corriendo: creía que corría con todas mis posesiones intactas. Pero antes de darme cuenta ha caído la noche, me encuentro en no sé qué lugar, no recuerdo las últimas cuatro horas y me faltan cosas en la mochila. Me falta un abrigo que recién había comprado, y algunos papeles que encuentro recorriendo a tientas el camino que había hecho después del fatídico encuentro. Allí estaba todo, como esperándome, agazapado del viento en las esquinas. Miro el teléfono y hay llamadas perdidas de Peri, pero no las recuerdo. No recuerdo nada.

Acudo a una casa que no conozco despierta pero sí parecía ser familiar en sueños, y hay allí personas de confianza. Recuerdo rostros doblados, trozos de caras, más las emociones que me inspiraban que los rasgos que poseen bajo la luz del día. Les cuento los sucesos, me oyen e intentan calmarme. De repente suena no sé qué música, y entre las canciones resuena el nombre de tu pueblo. Tengo miedo, pero también una indecente necesidad de saber qué va a ocurrir, porque sé que hay alguien dirigiendo esta escena: sé que es ella. Emilia viene a buscar mi felicidad una vez más. 

Entonces comienza el espectáculo. Aparecen en esa habitación pequeña y completamente extraña poco a poco todas las personas que he amado. Toca primero el turno de compañeros escolares del principio, del lapso intermedio y también del final. Vi con cierta claridad los ojos de Laura y rompí a llorar por primera  vez. Cada uno trae obsequios que me son adelantados a su entrada, para que con emoción pueda ver los objetos y adivinar quién va a entrar después. Aparecen amigos que hace mucho dejé atrás, otros amados y añorados u otros cuya reciente y paulatina pérdida me acosa. En un golpe de efecto y cuando creo que mi pecho no puede resistir más los envites del llanto, aparece una cabalgata de los hombres y mujeres que me han dado clase. También compañeros con los que no he compartido aulas pero sí política estudiantil, viajes, proyectos e incursiones en el mundo. Podría dar nombres y no significarían nada más que para mí, pues conforman el alfabeto extensísimo de mis recuerdos. Me arrodillo en el suelo, donde alguien ha colocado no sé qué macetas, y comienzo a plantar esquejes mientras cuento una fábula de mis días Faustos. Comienzo a nombrar a cada flor como uno de mis más familiares amigos, y cuento por qué nuestra unión era tan pródiga, y cuando ya los maceteros se encuentran plantados rozo los pétalos con las manos y con el aire que expulsan mis labios y florecen - florecen con alegre fuerza, cayendo un rayo de sol poderoso del techo. Luego, disfrazados para variar el espectáculo de su entrada, aparecen amigos que habitan el lugar donde te conocí. Y no podía ser yo más feliz, y abracé a Esther con toda la derrota que me persigue los días.

Noto todos los ojos clavados en mí, pero no siento vergüenza. Hay algo en la inmensa felicidad del momento que me redime del sentimiento de culpa: lo expulsa a algún lugar donde no tiene sentido. Todo funcionaba, todo marchaba. Creo que incluso sentía que me merecía todo aquello. 

La música cambia, alguien toca el piano, todos cantamos. Espero a Judith, la abrazo. Aparece bailando Elena, y la pureza de mi emoción reluce y se materializa en un contenido grito. Arriesgo más de lo que debería, de lo que despierta me atrevería a mostrar. Y la música calla, el entorno cambia. Estoy delante de una mesa, y todos me miran con expectación. Todos contenidos en aquella sala minúscula ahora que la gente la repleta y rebosa. En la mesa hay hojas plisadas, blancas con tinta traslucida en el interior. Las abro. Son dibujos, dedicatorias, incipientes obras de arte con nombre y apellido de jóvenes niños que no conozco. Rápidamente sé quiénes son, y no están dirigidas a mí - pero de alguna forma sí. Sostengo el aire con la carne nerviosa de mis pulmones y sé lo que se adviene: sé lo que significa aquello, y en un soberano halo de clarividencia entiendo que estoy en un sueño. Podría haberme inducido el despertar en ese mismo instante y ahorrarme un dolor innecesario, pero esta necesidad ciega en el callejón de atrás de mi carácter decide por todos que seguiremos con esto. Y vuelvo, abro más papeles, alguien llega y pone una tarta de cumpleaños encima de los papeles que restan. Veo las manos sin prisa alguna por erguir la cabeza. Veo la cadera y la reconozco en cada detalle. Termino de subir la vista para encontrarme con tu rostro. Lo veo directa y claramente, lo veo firme ante mí como si tuviera los ojos verdaderamente abiertos. Lo veo casi con miedo, y un fulgor incandescente lo enmarca y rodea. Me quedo quieta, buscando en tus ojos una reacción. Tú me ves quieta, se te dibuja la incógnita y la ofensa en la cara, y te alejas lentamente hacia el fondo de la sala. Todos nos miran. Esperas allí. Te miro de nuevo. Aparto la mesa de un gesto y me avalanzo, te abrazo con cada parte de mi cuerpo, enclavo mi pie derecho en tu pierna izquierda y la rodeo entera con la mía. Sollozo, y te pido que no te vayas. Que no te vayas. Que no te vayas.
Que no te vayas. Que no te vayas. Que no te vayas.
Tu hombro, el tacto de la camiseta.

Me separo de ti, y la fiesta continúa. Pero Emilia se queja, ultrajada porque de nada ha servido todo si a la que más añoraba era a ti. La abrazo, le pido perdón por ser así yo y haber provocado así mis sueños. Todos están allí.  Todo es perfecto

Y de golpe, vuelvo.

A mi cama. A la mañana que golpea mis persianas con su fuerza levantina. Decido no molestar a nadie más con mis absurdas emociones, y vuelvo. Al silencio y a la grieta. 




Al despertar me di cuenta de que ella no estaba en el sueño. Esa que te producía los miedos y las malas emociones. Que creías que habitaba más mi corazón que tú. 

Ojalá nos lo hubiéramos explicado todo.