viernes, 20 de enero de 2017

20 de enero de 2017

La tarde callada. El sol bajo. Un trepidante coro de insectos abriéndole los brazos a la noche. Pero nada llega hasta ella y su obscura creencia de soledad. Nada salvo esas fotos.

Esas fotos vacías, de paisajes, columnatas, jardines y norias. Calles, parques, mobiliario de diseño y personas a las que ni conocía ni jamás conocería. La ruedecilla del ratón crujía una y otra vez, moviendo la carpeta arriba, después abajo, y de nuevo arriba. 

Cómo las había conseguido era una cuestión menor. Habían acabado en su escritorio en un momento de desorden y creatividad, presa de la velocidad con la que se imprime a los grandes planes de limitados recursos. Era una carpeta, una triste carpeta digital, que podría ser eliminada en cualquier momento con un golpe de teclado. Podía desaparecer, desvanecerse, y tampoco importaría mucho. Sólo era una copia de seguridad de alguien que confiaba en haberlo guardado todo pero no en sí misma como para recordarlo a ciencia cierta. Se había quedado allí, con un nombre provisional, un peso excesivo y un destino incierto. Pero, de nuevo, ¿qué había dentro?

Todas esas fotos vacías. Y al fondo de la carpeta unos vídeos, unas conversaciones fugaces que producían más dudas que respuestas. La constante mirada de alguien, pero no en el sentido correcto, no de manera que ella pudiera ver a la persona que las hizo sino lo que hizo con su mirada. Y ella en realidad quería ver a la persona que había hecho las fotos. Porque ella no estaba allí, y jamás lo estaría. Quizás era eso lo que le impedía borrar esa carpeta absurda. La falsa sensación de cercanía, una fugaz intimidad producida por la reinvención de la narrativa de las fotografías. El baile sensorial que bien ejecutado podía ponerla en el lugar y momento de cada disparo, confundiendo las reglas del tiempo, y colocarse a un lado de la persona que hizo las fotos. No buscaba hacerle compañía, buscaba ser acompañada.

Y sin embargo, era todo mentira. Con nombre provisional, un peso excesivo y un destino incierto. 
Podría desaparecer, desvanecerse, y tampoco importaría mucho.



lunes, 9 de enero de 2017

Estaba esperando.

Amo sin conciencia del límite
o de la consecuencia.
Ha sido así desde que descubrí
que se podía anhelar
que se podía anhelar
algo informe y apartado
que yace fuera
pero uno
busca
deglutir
sin mirarse al espejo
sin preguntarse si merece
si sería lógico
estético
o conveniente.

Hay momentos de este amor
que meandran hacia la música,
hacia las tintas y los pigmentos,
hacia el negro.
Ha sido así desde que descubrí
que anhelar no basta
para nadie
que hay reflejo sin espejo
una carrera hacia confusa meta
y una lógica
estética
de la conveniencia.

Ha estado callado el amor,
ha hablado idiomas nuevos
y lo perdí en el miedo
a no tener nada que vender
a no tener nada que ofertar
a no tener con qué comprar
mi valor en mentiras complacientes
y en promesas futiles.
Pero está, está siempre
y aunque el centro no sea límite
para su cinética
yo lo amarro en el centro
de todas las cosas.
Ha sido así desde que descubrí
que hay revolución en esta forma
de amar sin conciencia del límite
nunca del límite
ni de la consecuencia.
Que hoy te diré algo que no quieres escuchar
y mañana me darás las gracias.
Quizás cuando os veáis la frontera
tatuada, me encontraréis allí
un paso más allá,
y os diré:
os estaba esperando.