martes, 11 de abril de 2017

11 de abril. 24 años.

Yo vivía en una habitación inundada de sol, alborotada de viento.
Abrir las ventanas era rendirse ante la inextinguible presencia de los dioses.

A veces al despertar ya llevaban sonando las voces minutos, horas. Otras, eran canciones. Salína de sí misma, del centro de su sueño hacia los vagos extremos del mundo. Ocurría sin que nadie tuviera que pedir disculpas.

Todas las historias están escritas en pasado.

Aquel día eligió no despertarse. Sabía que algo iba mal cuando lo que seguía a la primera luz del día no era sino la profunda decepción de lo que es visto con claridad. Lo que es finito, como un castigo. Eligió volver a dormir, recuperar la sensación del último sueño esgrimido, y quizás más tarde compondría una canción sin levantarse de la cama. Cedió al sueño, al lento sueño, a la hondonada de color que se le tragaba poco a poco, poco a poco.
Entró ella en la habitación. Y decidió permancer quieta. Evelyne recogió la comida que había en el suelo, la botella de cristal recuerdo del viaje a Faro, las cuerdas de guitarra que cambió la semana pasada y que había pisoteado una y otra vez a los pies de su cama. El sueño se había esfumado.

Evelyne se sentó al borde del colchón y le puso una mano sobre el hombro. - Sé que estás despierta.
Se giró, con media cabeza aún bajo la manta. La miró de soslayo. Hablar resultaba casi indecoroso.
Adoraba que Evelyne siempre olvidara arreglarse el pelo. El desorden de los rubios rizos le devolvía la fe en que hay cosas que suceden en el cielo y en la tierra al mismo tiempo. Que a veces hay algo más importante aconteciendo fuera del límite de los ojos.

- Hoy es su cumpleaños.
- Lo sé.

En momentos como ese se preguntaba por qué Evelyne no se había marchado aún. Los años le habían enseñado a resistir, a no creer necesariamente en la bondad inerente de los hombres y mujeres que se cruzan en nuestro camino. Tenía miedo de dar las gracias por si alguna vez se marchaba y tenía que arrepentirse. Tenía miedo de creer que ella era la recompensa por las horas oscuras y el terroso llanto.
Era ese día de nuevo, como cada año. Lamentaba todas las veces que alguna insignificante tarea le había hecho olvidarse en el pasado. Le gustaba sentarse a considerar todo lo que había cambiado en un rápido resumen de los hechos, todo lo que había conocido y desconocido desde la época en que aquel día era posiblemente el más relevante del año. Le gustaba desear fuertemente que la espina del mundo la atravesara y moviera los astros en torno a sí, girando el tiempo en sentido contrario, siendo a la vez aquella niña expectante y esta avejentada tristeza que era ahora. El año pasado se había olvidado de hacerlo, de dedicar apenas unos minutos a esa forma de votiba añoranza. Aún se sentía culpable - lo cual es lógico, se había dado cuenta la tarde anterior.

Poco quedaba por hacer. El día tenía las horas contadas, el tiempo había cambiado y poco sabía de lo que quedaba por venir. Evelyne estaba allí, y ojalá hubiera podido hablar mejor, y contarle todas aquellas cosas que había visto y sentido, todas las cosas que se perderían el día de su muerte. Se aferraba a la memoria de los sentidos para convencerse de que había existido con dignidad.

- ¿Vas a levantarte?
- No creo. 
- Vamos, haremos la cama. Eso siempre te pone de buen humor. 





 

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